Derrotas creativas o de cómo todos provenimos de mundos anteriores

Los mexicas construyeron su poder mediante la guerra. Una guerra que, primero, no se circunscribía a las batallas entabladas entre humanos y, segundo, que se libraran en distintos planos de existencia. Porque, por un lado, además de los combates entre varones, ya sabemos cómo las mujeres parturientas enfrentaban sus propias batallas contra los neonatos que resultaban ser enemigos hasta su captura e incorporación que ejecutadas en el nacimiento tenían como fin convertirlos a las huestes de su propio pueblo (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2313/2309). Por otro lado, la cacería y la agricultura eran estrategias para capturar bélicamente otros tipos cuerpos (Daniel Dehouve;  https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/888/859). Los mexicas, pues, estaban acostumbrados a librar distintas guerras con diversas alteridades y sabían que la victoria no era un destino manifiesto. Al contrario, la derrota estaba en el horizonte de sus consideraciones y estrategias y, de hecho, diríamos que se sabían parte de una suerte de red de ganancias, pérdidas y conversiones de cuerpos que circulaban entre diversos colectivos y planos multiespecie, donde la norma era irremediablemente el fluir.

Además, la idea de una vida eterna (de personas, colectivos, ciudades o mundos) no era un lugar común, tampoco pensarse en un dominio político y militar indestructible (aunque así se expresara discursivamente). Ni siquiera la idea de una era temporal permanente o de un sol trascendente a la historia y a los acontecimientos.  Nada de eso fueron objetos de deseo. Sabían que aquel mundo que terminó en 1521 fue producto de otros y antiguos mundos ya destruidos. Las personas, de élite y comunes, que perecieron cruentamente en esas últimas ofensivas provinieron, a su vez, de la muerte de alguien más. La expiración, la pérdida, la derrota eran tangibles, estaban presentes, insertas y consideradas en las dinámicas cotidianas, rituales y extraordinarias de los modos de existencia de los aztecas.

Por ello, como ya lo dijimos, la manera de morir determinaba el porvenir de quien fallecía. Quien era capturado, muerto y/o sacrificado por otro grupo sería incorporado y convertido a éste; como si se volteara al otro lado, en el sentido del verbo náhualt cuepa (Martínez 2011:177). De ahí la multiplicidad de los destinos posmortem: los recién nacidos inmaculados se dirigían al Chichihualcuauhco, los que morían por causas ctónicas al Mictlan, por causas acuáticas al Tlalocan y cuando las guerreras y los guerreros sucumbían en sus combates merecían las honras y su destino era al Tonátiuh Ilhuícac, la Casa del Sol. De ahí también que las mejores mazorcas gemelas, de doble cabeza, y los fémures de los venados y los “hijos” sacrificados eran guardados en las trojes. Con la muerte y la pérdida era posible crear alguien más (esa creación dependía totalmente del ritual, pero eso es otro tema que discutiremos después).

Siguiendo este hilo de ideas, ¿qué posibilidades de creación tendría, como sucedió, la caída de las ciudades mexicas? El sitio a la capital fue eficaz y en casi tres meses, miles de tlaxcaltecas, xochimilcas, texconanos, otomíes, tacubos, africanos y españoles –entre otros– vencieron al imperio más poderoso de la época (https://www.noticonquista.unam.mx/portada/semanal/2699). De los reacomodos y las nuevas alianzas de parentesco, políticas y bélicas –consecuencia de dinámicas propiamente mesoamericanas en las que ahora se incluía a los españoles– se derivaría una transformación cósmica, de era y de mundo. Sumado a ello, recordemos que los entramados sociales excedían el campo de acción de los humanos, como bien ha narrado Francisco Vergara (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2683/2682).

Los pueblos amerindios, en general, sabían y saben que la ausencia, la muerte, la depredación y la destrucción resguardan potentes motores. De hecho, como está registrado en los anales históricos y etnográficos de estas poblaciones –ver los trabajos de Lévi-Strauss, por ejemplo–, en sus narraciones míticas aparecen insistentemente esquemas donde: irrumpe una creación, sucede una transgresión que provocará la destrucción del mundo y, a la postre, deviene una nueva creación (de personas, colectivos, mundos y eras), un nuevo mundo.

Las interpretaciones sobre lo sucedido hace 500 años no es cosa del pasado, al contrario, los triunfos y las derrotas, hasta el día de hoy, implican intensos debates político-académicos. Sin ningún ánimo de ser optimistas ante la violenta destrucción de casas, ciudades, templos, vidas humanas y, al final, un particular modo de existencia, podemos decir que la derrota tenochca del 13 de agosto posibilitó la existencia de otros mundos. Tanto en ese momento como a la postre, tanto para los mexicas como para todo mundo. Por ejemplo, para algunos de los enemigos mexicas este triunfo fue central, tal como quedó registrado en el Lienzo de Tlaxcala, pero no fue el único, (https://lienzodetlaxcala.com/el-lienzo-de-tlaxcala/) ya que queda a la mitad de una expedición que llegaría hasta el actual El Salvador. O bien, como afirma Mathew Restall, aludiendo a los mundos póstumos a esta derrota, la conquista comenzó con la derrota de México-Tenochtitlan y México-Tlatelolco, pero “si queremos poner fechas específicas, afirmaría que el ‘período de conquista’ duró de 1517 a 1547 y el ‘período colonial’ 1547-1821” (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2703/2699).

Finalmente, como ha demostrado Diana Magaloni (2014), algunos miembros de las élites derrotadas optaron por incorporarse a nuevas formas de existencia con nuevos registros políticos y sociales. Resolvieron conocer nuevos idiomas, formas de lecturas, de escrituras y de artes para (re)crear y describir creativamente los registros históricos mediante los cuales conocemos algo de aquellos mundos anteriores. Dicho de otro modo, quienes se incorporaron a un Nuevo Mundo posterior a la caída de Tenochtitlan y Tlatelolco registraron inventivamente el mundo anterior, lo cual implicó una creatividad sin precedentes. Por medio de pinturas y escrituras, con eruditas combinaciones de materiales, formas, colores, trazos, técnicas e inspiraciones lograron “pintar contra la muerte” (Magaloni 2021).

Optar por perder la guerra de esta manera, quizá mediante la transgresión de cierta élite gobernante mexica, como advierte Federico Navarrete (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2702/2699), implicó transformarse en otros colectivos y en otros mundos. Tal vez, aún son innumerables e inadvertidas las conversiones creativas logradas mediante otras artes, como las danzas, las músicas, los juegos, las disputas políticas, los rituales, etc. Y, probablemente, como saben estos pueblos amerindios, esta no será la última vez para crear e inventar los mundos que vendrán.

 

Para saber más:

  • Dehouve, Daniéle. 2008. “El Venado, el maíz y el sacrificado”, Diario de campo Cuaderno de Etnología 4.
  • Magaloni Kerpel, Diana.  2014.  Los colores del Nuevo Mundo: Artistas, materiales y la creación del Códice Florentino. México, Los Angeles: Universidad Nacional Autónoma de México y Getty Research Institute.
  • Magaloni Kerpel, Diana. 2021. “Pintando contra la muerte: Los colores y artistas del Códice Florentino”, http://culturaunam.mx/elaleph/eventos-2021/002-pintando-contra-la-muerte/
  • Martínez, Roberto, El nahualismo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 2011.
Para citar: Alejandro Fujigaki Lares, Derrotas creativas o de cómo todos provenimos de mundos anteriores, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/index.php/amoxtli/2725/2717. Visto el 21/02/2024