Marina – Malina – Malintzin – Malinche Su origen, su lengua, su nombre

Poco se sabe sobre la vida de la mujer que hoy se conoce como “La Malinche”, antes de que comenzara a desempeñarse como negociadora política y traductora de Hernán Cortés en aquel año de 1519.

Los datos sobre ella son difusos y se encuentran dispersos en testimonios históricos de distintos tipos. Del siglo XVI han llegado a nosotros: crónicas escritas por españoles que participaron en la Conquista; recuentos sobre la Conquista elaborados por europeos que no intervinieron directamente en esos hechos; historias escritas y pintadas por miembros de distintos pueblos indígenas e informaciones recogidas dentro de litigios relacionados o promovidos por sus descendientes. A estos testimonios, de carácter primario, deben sumarse muchas obras literarias, históricas y artísticas elaboradas en los siglos posteriores y a través de las cuales se han difundido visiones también diversas sobre este personaje.

La Malinche aparece en la historia, luego de que la expedición encabezada por Hernán Cortés consiguiera derrotar al ejército del señor de Potonchán en la batalla de Centla a finales de marzo de 1519. Como era costumbre entre los pueblos mesoamericanos, el señor de Potonchán ofreció una serie de obsequios a los vencedores, con la finalidad de congraciarse con ellos y establecer una alianza o, al menos, un acuerdo. Entre aquellos presentes, iba un grupo de mujeres “esclavas”, que fueron dadas a los españoles para que les preparan alimentos y sostuvieran relaciones sexuales con ellas. Cortés mandó bautizar a estas “esclavas” y aquella que recibió el nombre de Marina la dio como compañera a Alonso Hernández Portocarrero, primo del Conde de Medellín y el hombre de mayor alcurnia dentro de la expedición.

“Marina” fue el nombre que le dieron los españoles. Se desconoce el que le dieron sus padres, así como la forma en que se refirieron a ella los mayas chontales entre los que pasó buena parte de su vida. De su nombre cristiano, “Marina”, se derivan todos sus nombres y apelativos posteriores. Los nahuas, cuando comenzaron a interactuar con ella, la llamaron, primero, “Malina”, pues en el idioma náhuatl no existe el fonema /r/ y, más tarde, “Malintzin”, indicando, a través la añadidura del sufijo -tzin, que ella era una persona apreciada o importante, digna de respeto. Como en el castellano no existía el fonema /tz/, los españoles entendieron esta nueva palabra como “Malinche” y así surgió el nombre con el que se le conoce hasta la fecha y con el que, en sus días, se conoció también a Hernán Cortés, pues como lo refieren algunas crónicas, para muchos señores y emisarios indígenas existió una fusión entre las figuras de Marina y de Cortés, el hombre que siempre estaba a su lado y en cuyo nombre ella hablaba.

Este juego de palabras en torno al nombre de esta mujer indígena puede verse como una metáfora de su vida misma. La vida de una mujer que, luego de haber vivido varios años en la condición más baja en la que podía caer un ser humano dentro de las sociedades mesoamericanas, adquirió, gracias a la casualidad y a su propia decisión, una nueva identidad, codeándose con grandes hombres, en un permanente ir y venir entre lenguas y sociedades distintas. Una mujer que pasó del anonimato a ser el rostro y la voz del poder, para luego volver a caer en el silencio y, más tarde, en el escarnio de la historia. 

Mientras Cortés y sus hombres exploraban las costas del actual Veracruz, comenzaron a recibir la visita de embajadores de varios pueblos indígenas, quienes querían obtener información sobre los recién llegados. De inmediato, Jerónimo de Aguilar, quien hasta ese entonces se había despeñado como traductor de la expedición, traduciendo del maya al castellano, mostró su incompetencia, pues desconocía los muchos idiomas que se hablaban en el área central de Mesoamérica e ignoraba, en particular, el náhuatl, que fungía como lengua franca en los territorios que se hallaban bajo el control tributario de la Triple Alianza. Sin que se sepa bien a bien cómo, Marina se hizo notar durante estos encuentros, mostrando a los españoles que conocía bien la lengua de los nahuas y mostrándoles también su disposición para participar en dichas entrevistas. A partir de entonces, inició un proceso de traducción singular, en el que intervenían al menos tres lenguas (el náhuatl, el maya y el castellano) y dos traductores (Marina y Jerónimo de Aguilar), que hizo posible la comunicación entre los representantes de muchos pueblos indígenas y Hernán Cortés y sus hombres.

Gracias a su papel como traductora y mediadora política, sus nombres y su figura pasaron a la historia, dentro de muchos documentos españoles e indígenas. No obstante, sobre sus orígenes solo encontramos datos en fuentes elaboradas por europeos. Casi todos los cronistas que se ocuparon del asunto, así como los testigos que intervinieron en varios litigios relacionados con sus descendientes, afirmaron que ella había nacido en la región de Coatzacoalcos. Algunos mencionaron que fue en Olutla, un lugar que aparece en las fuentes como “Viluta”, “Huilota” u “Oluta”; otros, en cambio, señalaron que fue en Tetiquipaque. Bernal Díaz del Castillo dijo que fue en Painalla y hubo, incluso, aquellos que llegaron a señalar que había sido originaria de Jalisco o de la Ciudad de México. Su nacimiento debió ocurrir en los primeros años del siglo XVI.

Varios cronistas afirmaron también que ella había nacido en una familia noble y que de niña fue secuestrada y vendida como “esclava” a comerciantes de Xicalango y que, luego de pasar por varias manos, acabó en poder del señor de Potonchán, quien la regaló a los españoles, tras la batalla de Centla. Bernal Díaz, con la intensión de quitarle protagonismo a Cortés, construyó un relato novelesco sobre la vida de Marina, relatando que ella había sido hija de caciques y heredera a un trono que, luego de la muerte de su padre, le fue arrebatado por su madre y por un medio hermano. Dos siglos más tarde, Francisco Xavier Clavijero, en un capítulo de su Historia antigua de México titulado “Noticias de la célebre Doña Marina”, volvió a repetir la versión de Bernal Díaz añadiendo que ella había llevado también el nombre de “Tenepal”; a lo que el historiador Manuel Orozco y Berra, a su vez, agregó, ya bien entrado el siglo XIX, que cuando la encontraron los españoles ella llevaba por nombre “Malinalli” o “Hierva torcida”, uno de los signos de los días del calendario indígena.

De todo esto, lo único que puede tenerse por cierto es que era originaria del sur del actual Veracruz, cerca de Coatzacoalcos, región de comerciantes que se hallaba bajo la presión constante de la Triple Alianza. Se ignora cómo fue que cayó en la condición de tlacohtli (“esclava”) en la cual fue comerciada y no se tiene certeza tampoco de que el náhuatl haya sido su idioma materno. El cronista tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo refiere, por ejemplo, que ella hablaba también la lengua “de Olotla”, es decir, el popoluca u otra lengua de la familia mixe-zoqueana. 

Sobre su origen “noble” y su pericia lingüística, habló ella misma a través de sus actos, pues como lo refieren todas las fuentes, Marina conocía diferentes aspectos de la organización de la Triple Alianza y de la vida política de varios pueblos mesoamericanos y, sobre todo, dominaba las formas del discurso y los protocolos, propios de las elites indígenas, al grado de saber hacerse escuchar y de ser reconocida como interlocutora legítima por todos los señores, nobles y militares indígenas que interactuaron con ella. Como lo dijera el cronista español Juan Suárez de Peralta ella “respondió a todo como la que lo sabía”. La palabra y la diplomacia fueron sus armas y su camino, en la nueva vida que asumió vivir junto a aquellos hombres venidos del otro lado del mar.

Para citar: Berenice Alcántara Rojas, Marina – Malina – Malintzin – Malinche Su origen, su lengua, su nombre, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/365/363. Visto el 01/12/2021