Los dilemas de los mesoamericanos

En noviembre de 1520, año 2-pedernal en la cuenta de los mexicas, Mesoamérica se encontraba en el filo de una de las mayores transformaciones de su larguísima historia. La irrupción de los expedicionarios españoles y africanos 18 meses atrás había modificado profundamente la realidad política y humana de la región y amenazaba con cambiarla aún más.

No era, sin duda, el primer cambio que enfrentaba ese inmenso mundo construido a lo largo de milenios por decenas, centenares de pueblos diferentes, con sus formas de vestir, vivir y comer tan particulares y siempre distintas; articulado por pueblos invasores, incontables migrantes, imperios conquistadores, filas de cargadores y de comerciantes de bienes preciosos, peregrinaciones religiosas y viajes gastronómicos. Ese mundo integrado por su calendario compartido, sumaba, combinaba y articulaba múltiples tradiciones culturales toltecas y chichimecas, mayas y mixtecas, ayuuk y purépecha, entre decenas de otras.

Las mujeres cautivas de la costa de Veracruz regaladas a los expedicionarios, entre las que se contaba Malintzin, los cargadores y ayudantes que los sirvieron casi sin cesar durante esos meses, los gobernantes y comerciantes que hicieron tratos con ellos, los militares que los ayudaron y los enfrentaron, los sacerdotes y brujos que los vigilaron y atacaron, incorporaron a los expedicionarios españoles a las redes políticas y sociales mesoamericanas como habían incorporado anteriormente a incontables inmigrantes e invasores. Los pueblos amerindios en general no tenían los prejuicios contra la diferencia humana que tenían los europeos de la época: no se creían dueños de una verdad única y exclusiva como la religión católica ni juzgaban a los demás seres humanos como siempre inferiores a ellos. Al revés, valoraban lo diferente y practicaban muchas maneras de aprender, copiar y apropiarse de los seres y cosas nuevas que conocían, incluso devorándolas literalmente. Fue esta apertura, esta voluntad y capacidad de incorporar y relacionarse con los diferentes la que abrió la puerta a los expedicionarios al mundo mesoamericano.

En 18 meses, la convivencia cotidiana e íntima de extranjeros y nativos, con sus entendidos y sus violencias habían, sin duda, modificado la dieta, la vida diaria y la forma de vestir de los extranjeros, y también de sus acompañantes. Para entonces habían nacido ya los primeros hijos de las uniones entre mujeres nativas y españoles, aunque estos serían educados en su inmensa mayoría como indígenas por sus madres. A veces estas uniones crearon vínculos de parentesco reconocidos que habrían de mantenerse vivos durante generaciones, como entre las mujeres nobles tlaxcaltecas y los capitanes españoles. En todo caso, el parentesco era otra forma de apropiación de los pueblos mesoamericanos como muestra Carlos Hernández Dávila en su amoxtli Buscar aliados y encontrar parientes (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2410/2393)

La cercanía entre los cuerpos también había provocado ya los primeros contagios, resultado de los milenios de aislamiento de la población del viejo y del nuevo mundo. La viruela, como hemos visto en otros amoxtli, llegó en 1520 y se expandió con mortífera rapidez entre una población nativa que no la conocía y no tenía defensas contra ella. En la otra dirección, los europeos y africanos sufrieron contagios de diversas fiebres y enfermedades digestivas americanas que desconocían. A lo largo de 1520 las enfermedades asolaron a la población mesoamericana, mataron gobernantes, diezmaron familias, haciendo más profunda sin duda la sensación de crisis generalizada.

Esta sensación de zozobra debe haber sido acentuada por los profundos cambios en el terreno político producidos por año y medio de interacción entre los invasores y los nativos. Dos grandes masacres en fiestas religiosas, actos de terrorismo religioso sin prececedentes conocidos en la región, cometidos por los españoles y sus aliados, habían sembrado el miedo en amplias regiones de la tierra; la guerra en la otrora invicta México-Tenochtitlan había despertado esperanzas y temores entre sus enemigos.

Gracias al acercamiento con los gobernantes de Centla y Cempoala, los expedicionarios fueron incorporados a las redes toltecas de poder en Mesoamérica, una de las diásporas más prestigiosas y poderosas de las muchas que poblaban el territorio. Los toltecas los condujeron a su vez con los tlaxcaltecas quienes se convirtieron en sus principales aliados. A ellos se sumaron, en efecto “bola de nieve”, los chalcas, los texcocanos y muchos otros pueblos deseosos de librarse del poder de los mexicas.

Pese a la terrible derrota que sufrieron los españoles y los tlaxcaltecas al huir de México-Tenochtitlan en la llamada Noche Triste, las alianzas se mantuvieron. Con ellas se confirmó la transformación irreversible del mundo mesoamericano. El continuado apoyo a los españoles en Cempoala, Tlaxcala, Cholula, Texcoco y Chalco desmanteló buena parte de las redes imperiales mexicas. Para empezar, desarticuló la Triple Alianza (Tenochtitlán-Tacuba-Texcoco) que encabezaba la estructura imperial. En segundo lugar, dejó a los mexicas sin posibilidades de cobrar tributos y solicitar asistencia y apoyo de sus vasallos y aliados en el oriente de Mesoamérica, desde el propio valle de Puebla hasta Veracruz, Oaxaca y más allá. En pocas palabras, partió el Imperio a la mitad.

En su amoxtli de esta semana Carlos Brokmann nos muestra como para los mexicas resultaba casi imposible restaurar su antiguo poder frente a la continuada rivalidad de sus enemigos tlaxcaltecas y españoles. Habían perdido buena parte de su prestigio como el pueblo más temible de Mesoamérica y no tenían capacidad militar para imponer su dominio y desarticular las alianzas de los españoles.

Esta debilidad mexica era, a la vez, una de las principales fuerzas que mantenía juntos a sus enemigos. Por un lado Cortés y sus hombres sabían que el apoyo de sus amigos era indispensable para su supervivencia. Por eso prometieron todo tipo de premios y privilegios, a sus aliados, además de los jugosos botines de guerra, y se esforzaron por enfrentar en todo momento a los mexicas y demostrar que los podían vencer.

Para los aliados la alternativa parecía igualmente clara, si tomaban en cuenta los beneficios que habían obtenido ya gracias a su alianza con los españoles. Los cempoaltecas, chalcas, cholultecas y otros antiguos vasallos mexicas se habían librado ya de esta onerosa dominación y no tenían que pagar más tributos ni dar más servicios. Los tlaxcaltecas, eternos enemigos de los mexicas, habían logrado romper el cerco al que estaban sometidos desde hacía décadas y seguramente ya se beneficiaban de los intercambios comerciales que les prohibían sus antiguos enemigos. Tras la matanza de Cholula en octubre de 1520, la renovación de su alianza con Huejotzingo de mano de los españoles y los ataques a Tepeaca y otros bastiones mexicas en la segunda mitad de 1520, se convirtieron de hecho en los nuevos dominadores del valle de Puebla.

Los texcocanos a su vez también habían ganado mucho con su alianza contra los mexicas: en primer lugar, las orgullosas ramas dinásticas que habían sido desplazadas por los aliados de Tenochtitlán recuperaron el poder y retomaron una política de mayor independencia de su ciudad y control de su territorio. Debido a este rompimiento, los mexicas perdieron control también de la parte oriental del Valle de México, lo que facilitó su cerco.

Incluso si tenían razones para temer una futura derrota de los invasores, era mucho lo que todos estos pueblos habían ganado para que prefirieran seguir por el mismo camino y rechazaran las ofertas de paz de los mexicas.

El caso don Diego Mazatzin Moctezuma, gobernante de la Mixteca, analizado por Michel Oudijk en un amoxtli (https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2369/2357) nos confirma esta interpretación.  En octubre de 1520, este señor local cerró el paso a su región al ejército español y tlaxcalteca que acababa de tomar Tepeaca con el argumento de que él se habría de encargar de conquistar la región para el rey de España mientras Cortés y sus aliados conquistaban México-Tenochtitlan. El razonamiento era perfectamente lógico: Mazatzin aprovechó la circunstancia para cimentar su propio dominio en la Mixteca a expensas de los mexicas. Si los otros lograban vencer en Tenochtitlán bien para todos; si no, sería difícil que los triunfantes mexicas tuvieran la fuerza de imponérsele nuevamente y, seguramente, se verían forzados a negociar un nuevo pacto con él.

Podemos concluir que a fines de 1520 en Mesoamérica enfrentaba una situación novedosa e impredecible que afectaba a todos los sectores de la población y que escapaba al control de cualquiera de los actores involucrados. Ni los mexicas, ni los españoles, ni los tlaxcaltecas, ni los texcocanos tenían la fuerza para determinar solos el futuro, ni se podía prever cómo terminaría sus enfrentamientos.

Sin embargo, las fuerzas que favorecían el cambio eran mucho más fuertes que las fuerzas favorables a la continuidad o restauración del dominio mexica. Inspirada por su apertura radical a la novedad y la alteridad, impulsada por el descontento ante el dominio mexica y las promesas de los españoles y sus aliados, Mesoamérica se lanzaba a una guerra cuya intensidad nadie podía predecir y que habría de durar más de dos décadas tras la caída de Mtn.  El resultado sería un cambio histórico de una profundidad que nadie podía imaginar entonces.

Para citar: Federico Navarrete , Los dilemas de los mesoamericanos, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/index.php/amoxtli/2421/2419. Visto el 23/11/2020