Perspectiva estratégica de los mexicas frente a la alianza indígena-española en 1520

La campaña militar que culminó con la toma de Tenochtitlan fue prolongada y en realidad el asedio de la ciudad comenzó relativamente tarde; las acciones ofensivas de los derrotados en la Noche Triste comenzaron con su llegada a la ciudad de Tlaxcala el 11 de julio de 1520. Los aliados tlaxcaltecas, huexotzincas, españoles y de otros grupos pudieron planear y llevaron a cabo incursiones contra los puntos neurálgicos del corazón imperial. Las campañas previas al asedio consistieron en una serie de maniobras constantes, en las cuales ambos contendientes buscaron controlar la Cuenca de México para tomar o defender Tenochtitlan. La llave de la campaña militar contra Tenochtitlán fue el control de las ciudades y rutas lacustres de la cuenca; quien las dominara podría concentrar sus fuerzas y recursos de manera decisiva.

 

Situación estratégica de los mexicas y aliados indígenas y españoles

A pesar de la victoria en la Noche Triste, la situación estratégica de los mexicas en 1520 era muy complicada. Los recursos económicos y militares de la Hueitlahtocáyotl de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan se encontraban en crisis después de la retirada de los tlaxcaltecas, huexotzincas y españoles de la capital. Como ha propuesto Hassig, la capacidad imperial tradicionalmente se basaba en la percepción de su poder, alimentada a través de las demostraciones de fuerza guerreras y simbólicas. Desde la llegada de los invasores, el secuestro español de Motecuhzoma, las matanzas de la nobleza mexica y otros actos humillantes habían debilitado el control de las ciudades de la región y particularmente, de las provincias lejanas. Antes de emprender cualquier acción decisiva, los tenochcas deberían llevar a cabo campañas diplomático-militares para convencer o someter de nuevo a sus aliados y tributarios para combatir a su lado contra la alianza de europeos e indígenas.

Además de los ataques guerreros, la diplomacia y el soborno, uno de los elementos simbólicos utilizados por los mexicas para convencer a sus aliados de combatir la invasión, fue el envío de miembros de caballos y españoles para que comprobaran que eran mortales y podían ser derrotados. El tiempo no estaba del lado de Tenochtitlan, porque sus enemigos emprendieron acciones similares para atraer nuevos aliados y, además, la epidemia de sarampión asoló la ciudad de manera que los recursos serían todavía más escasos por la mortandad.

Un aspecto de gran importancia militar durante esta campaña fue la experiencia cultural previa en los asedios y asaltos de ciudades. En Mesoamérica la mayor parte de los combates se daban en campo abierto y la defensa de las poblaciones y fortalezas era el último recurso ante el enemigo. Era difícil protegerlas porque dependían del abastecimiento local y las relaciones regionales inmediatas, por lo que un asedio prolongado resultaba impráctico debido a las largas líneas de abastecimiento que requerían y a la falta de armamento que facilitara los asaltos. En cambio, para los combatientes europeos los asedios tenían ventajas militares prácticas; eran la ocasión ideal para el empleo de contingentes numerosos de infantería, ya que la mayoría de las batallas en campo abierto utilizaban más la caballería. El cerco de las ciudades, impedir su abasto y la destrucción de sus defensas con artillería, arietes, máquinas de guerra o catapultas minimizaba las pérdidas del ejército sitiador, aunque podía tardar meses o años y culminar con la destrucción total de la población.

Tenochtitlan no había sido planeada ni construida para resistir un asedio prolongado. El abasto de alimentos y los recursos militares dependía de mantener abiertas las rutas de comunicación con las zonas productoras. Los tenochcas dependían del control de los nodos y redes político-económicos del imperio, por lo que encerrarse dentro de su ciudad significaba ceder este flujo de recursos al enemigo. No obstante, resistir activamente desde de la ciudad de Tenochtitlan-Tlatelolco representaba una ventaja para los mexicas, que podemos observar dibujando dos círculos concéntricos; la fuerza militar que realiza sus movimientos en y desde las líneas del círculo interior se desplaza distancias menores las del ejército que debe moverse desde el exterior.

Este principio estratégico, conocido como el manejo de líneas interiores, podría permitir optimizar los recursos, concentrar fuerzas más rápidamente que el enemigo y responder con mayor velocidad a los ataques de éste. Debido a que la fuerza imperial dependía del continuo abasto tributario y comercial hacia Tenochtitlan-Tlatelolco, el hecho de que sus ejércitos quedaran encerrados en la ciudad, significaba depender únicamente de los recursos cercanos, perdiendo a las provincias más alejadas. De hecho, durante el asedio la mayor parte de los subordinados y tributarios dejó de entregarlo paulatinamente y apoyó cada vez menos en la campaña militar. Las circunstancias obligaron a los mexicas a adoptar una estrategia defensiva, pero su éxito dependería de conservar la iniciativa mediante contraataques eficaces y ofensivas limitadas.

Los aliados indígenas y españoles ya habían tenido la experiencia de ser sitiados en Tenochtitlan. Tras la masacre perpetrada por Pedro de Alvarado y sus aliados, los mexicas los habían acorralado dentro de los edificios que les había asignado Motecuhzoma. Habían ensayado algunas de las principales tácticas ofensivas y defensivas en la ciudad lacustre, incluyendo cortes de los puentes, ataques desde embarcaciones y emboscadas en puntos de acceso restringido. La capital había probado ser una trampa mortal. Los españoles e indígenas aliados que no lograron escapar sin ser detectados en la Noche Triste, debiendo regresar, fueron derrotados y capturados en su totalidad. La Cuenca de México resultaba un escenario ideal para un asedio desde la perspectiva europea porque la logística estaba asegurada mediante la concentración de fuerzas numerosas en las ciudades a las orillas, facilitando el despliegue de combatientes utilizando canoas, así como el abasto continuo de bastimentos en combate.

Es probable que Hernán Cortés haya aprendido una importante lección en la Noche Triste: para derrotar a los mexicas sería necesario contar con una aplastante superioridad numérica. Un puñado de españoles nunca sería suficiente, lo que necesitaría reunir fuerzas indígenas en suficiente cantidad como para enfrentar cualquier ejército que pudiera reunir Tenochtitlan. Por esta razón su objetivo estratégico principal no sería la derrota de los ejércitos mexicas, sino abatirlos mediante ataques al centro de gravedad del imperio. El eje estratégico de la ofensiva fue la neutralización del apoyo de sus aliados y tributarios mediante una agresiva campaña que hoy podríamos denominar “plata o plomo”: alianza o guerra. La campaña de preparación para el asedio consistió justamente en una serie de incursiones en las que los lugares atacados, casi siempre en la región de la Cuenca de México, debieron elegir entre cambiarse de bando o ser arrasados.

El objetivo militar no fue directamente el control de los accesos a Tenochtitlan desde las ciudades lacustres, sino restarle apoyos y sumarlos a la causa de la alianza, como ocurrió con Texcoco y otras localidades. Mientras que las campañas terrestres preparativas de tlaxcaltecas, españoles e indígenas aliados serían el camino para debilitar la capacidad combativa del imperio, la superioridad de la nueva flota de bergantines artillados y su apoyo de miles de combatientes en canoas serían decisivos según Hassig. Un apoyo fundamental fueron los miles de trabajadores indígenas que abrieron zanjas, cortaron puentes, construyeron canales y, en una palabra, proveyeron el marco logístico para implementar la estrategia diseñada por los españoles y sus aliados. Como parte de una campaña que atacó a toda la población y que podríamos considerar un antecedente de la Guerra Total, el corte de suministros para Tenochtitlán incluyó los pertrechos de guerra, las vituallas alimentarias e inclusive la destrucción de manantiales y otras fuentes de agua potable.

 

Conclusión

En 1520 las hostilidades entre los mexicas y la alianza indígena-española llegaron a un punto sin retorno. A pesar de las victorias previas de Tenochtitlan, la alianza se fortalecía mientras la capacidad militar imperial se debilitaba por razones políticas y la epidemia de sarampión que diezmó la población. Ante la imposibilidad de tomar la iniciativa mediante una ofensiva decisiva, los ejércitos mexicas se vieron forzados a asumir la defensiva, pero desplegando agresivos ataques y contraataques contra los aliados que amenazaban su seguridad. Comenzaron una serie de campañas militares por el control de la Cuenca de México, cuyas ciudades lacustres serían la clave para lograr un asedio exitoso de la capital Tenochtitlan.

 

Para saber más

  • Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2008.
  • Hernán Cortés, Cartas de relación, 25ª edición, México, Editorial Porrúa, 2018.
  • Hugh Thomas, Conquest: Montezuma, Cortés, and the Fall of Old Mexico, New York, Simon & Schuster, 1993.
  • Ross Hassig, War and Society in Ancient Mesoamerica, Berkeley, University of California Press, 1992.
  • Ross Hassig, Mexico and the Spanish Conquest, Norman, University of Oklahoma Press, 2006.
Para citar: Carlos Brokmann, Perspectiva estratégica de los mexicas frente a la alianza indígena-española en 1520, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/index.php/amoxtli/2422/2419. Visto el 23/11/2020