El sitio de México-Tenochtitlan desde la perspectiva castellana

El 30 de mayo de 1521 dio inicio el sitio formal de la ciudad de México-Tenochtitlan con el que el ejército hispano-indígena se propuso rendir a la capital mexica. La guerra de sitios estaba profundamente arraigada en la tradición militar europea y particularmente en la península ibérica.

   Las batallas campales eran muy costosas en vidas y recursos materiales y eran consideradas como el último recurso por parte de los contendientes, de tal suerte que, contra lo que suele pensarse, fueron en realidad excepcionales. El asedio de plazas y fortalezas, por el contrario, requería pocos recursos materiales y era menos costoso en vidas humanas pues lo que se pretendía era que los habitantes y o guarniciones de las villas y castillos se rindieran al cabo de pocos días a causa del hambre y la falta de auxilios provenientes del exterior.

En la lógica de la guerra medieval castellana, cuando una localidad se entregaba sin demasiada resistencia, a sus habitantes se les garantizaba no sólo la vida, sino el derecho de conservar su bienes muebles e inmuebles. Por el contrario, cuando ofrecían una resistencia contumaz, el castigo para los defensores, cuando finalmente se conquistaba la plaza, consistía en la pérdida de los bienes, la cautividad o, incluso, la muerte. Algunas de las poblaciones islámicas que fueron conquistadas a través de la guerra sitios por parte de los ejércitos cristianos fueron Toledo (1085), Córdoba (1236), Sevilla (1248), Málaga (1487) y Granada (1492), la capital del reino nazarí.

Hernán Cortés y sus capitanes conocían esta tradición militar, aunque por su edad no hubiesen podido participar en la Guerra de Granada (1482-1492), de tal manera que el ataque final sobre Tenochtitlan, aunque sólo fue posible gracias al apoyo de los miles de aliados procedentes de Tlaxcala, Huejotzingo, Chalco, Texcoco, Iztapalapa y otros altépetl, fue en buena medida, según lo traslucen los distintos cronistas, fue planeado y desarrollado con base en la estrategia castellana. Es importante resaltar el hecho de que Cortés no tenía en mente destruir la ciudad, sino que buscaba mantenerla en pie y con sus estructuras funcionando por lo que el sitio buscaba la rendición por hambre de la urbe y sus habitantes.

Esta lógica militar es la que explica que, en primer lugar, Cortés hubiese pasado toda la primavera machacando a los pueblos de la ribera del lago con el doble objetivo de atraerlos a su causa y de evitar que proveyeran de suministros a los tenochcas. Ello explica, también, que al momento de iniciar formalmente el sitio, Cortés mandase destruir los acueductos y canales que abastecían de agua dulce a la ciudad provenientes de Chapultepec. Privados de agua y de víveres y rodeados de miles de sus enemigos, los mexicas -según imaginaba el capitán extremeño- se rendirían rápidamente.

            Como se ha explicado en otros Amoxtli, el sitio de Tenochtitlan fue una operación anfibia que en buena medida se nutría de la experiencia de la conquista de Sevilla, una ciudad situada al lado del río Gadalquivir en cuyo sitio la armada, encabezada por  Ramón Bonifaz, tuvo un papel destacado.  De esta guisa, Cortés dividió a su ejército en cuatro cuerpos. El primero era el de los begantines. Si hacemos caso a Bernal Díaz del Castillo, se reunieron 300 hombres entre soldados, ballesteros, escopeteros y remeros.  Cada nave llevaba sus “tiros, las banderas reales y otras banderas del nombre que se decía ser el bergantín” y tenía su propio capitán, aunque fue el propio Cortés quien quedó al mando de todas las embarcaciones.

El ejército de tierra, conformado por caballería e infantería, fue dividido en tres cuerpos: Pedro de Alvarado quedó al frente de una hueste de 10 soldados de espada y rodela -entre los que se encontraba el propio Bernal Díaz del Castillo, 18 escopeteros, 30 de a caballo y ocho mil soldados tlaxcaltecas y debían atacar Tacuba. Cristóbal de Olid quedó al frente del segundo cuerpo, compuesto por 165 soldados de espada y rodela, 20 escopeteros y ballesteros, 30 de a caballo y otros ocho mil tlaxcaltecas y debían asentarse en Coyoacán. Finalmente, Gonzalo de Sandoval quedó a cargo de 24 soldados de a caballo, 14 escopeteros y ballesteros “y más de ocho mil indios de guerra de Chalco y Huejotzingo”, según testimonia Díaz del Castillo, que debían sitiar Iztapalapa. Cada hueste, a su vez, estaba dividido en dos o tres capitanías para facilitar las operaciones.

Si nos detenemos un momento en la descripción puede constatarse fácilmente que México-Tenochtitlan fue sitiada por el Oeste (Tacuba), el Este (Iztapalapa) y el Sur (Coyoacán) y que el ejército aliado debía intentar sitiar a la ciudad a través de las tres calzadas, en tanto que desde las naves Cortés y sus hombres apoyarían las cargas de infantería y caballería, atacarían las defensas e infraestructuras de la ciudad, como puentes, calzadas y templos y evitarían que la capital tenochca recibiese socorro y víveres a través de la laguna.  Para coordinar las acciones militares, Cortés estableció el real al sur de Tenochtitlan, cerca de Coyoacán y mandó instalar otros dos: uno en Tacuba, donde habían quedado las mujeres indígenas que hacían las tortillas y otros avituallamientos, y otro en el oriente de la ciudad.

El sitio de Tenochtitlan duró dos meses y medio: “noventa y tres días estuvimos sobre esta tan fuerte ciudad -recordaría años más tarde el mismo Bernal Díaz del Castillo- , cada día y cada noche teníamos guerras y combates”. Más preciso estuvo Cortés, quien registró que “en todos aquellos setenta y cinco días del cerco ninguno se pasó que no se tuviese combate con los de la ciudad, poco o mucho”. Según la información contenida en la Tercera Carta de Relación de Hernán Cortés, la jornada iniciaba con la celebración de la misa diaria y la comunión por parte de los castellanos. Enseguida, preparados para la contienda, acudían ordenados en cuerpos de caballería, ballesteros, arcabuceros y peones a presentar batalla para conquistar la ciudad palmo a palmo y calle a calle. En ocasiones, el contraataque del enemigo obligaba a los castellanos a una retirada estratégica a la que seguía una nueva carga aprovechando la distracción de los tenochcas que pensaban que los habían puesto en fuga; en otros momentos, la retirada era definitiva y con ello se señalaba el fin de los combates.  En cualquier caso, la caída de la noche marcaba el final de la jornada para los castellanos y sus miles de aliados indígenas, pero no así para los mexicas, por lo que los soldados de los tres reales estaban obligados a velar y, según Bernal, no podían excusarse “porque ni lloviese, ni vientos ni fríos, y aunque estábamos metidos en medio de grandes lodos y heridos, allí habíamos de estar”.

Ciertamente la lucha fue porfiada y cruenta a lo largo de los dos meses y medio en los que se desarrolló el sitio  y hubo numerosas bajas en ambos bandos. Cortés y otros cronistas soldados recordarían a sus compañeros hispanos apresados en combate y sacrificados después en el Templo Mayor en honor de Huitzolpochtil, así como los incesantes ataques por tierra y por agua -con piedras, flechas y otros proyectiles- de los defensores de Tenochtitlan, los aguaceros constantes que impedían el combate y el trote de los caballos al convertir las calzadas en lodazales y el hedor de la muerte que generaban los cadáveres en descomposición dispersados por doquier. Bernal, de prodigiosa memoria y fecunda capacidad escrituraria, recordaba también que durante el sitio, además de las tortillas que ya hemos mencionado, comían tunas, quelites, peces y patos y que las heridas eran sanadas por un tal Juan Catalán.  

Desde la lógica de la experiencia militar peninsular, la actitud de los mexicas era inexplicable. Según el propio testimonio de Cortés, éste les ofreció hasta tres veces la paz y no comprendía porque, con su ciudad destruida, con tantos muertos y sus enemigos tradicionales rodándolos, los tenochcas mantenían la defensa de su ciudad y no se acogían a las paces. En seguimiento de las tradiciones de la guerra medieval, Cortés dejó hacer a sus aliados indígenas, quienes arrasaron la ciudad hasta sus cimientos y acabaron con la vida de miles de personas.  Finalmente, el martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, Cuauhtémoc y sus capitanes se rindieron ante Cortés, quien habiendo recogido el botín -piezas de oro equivalentes a 130 mil castellanos, plumas preciosas, escudos (chimallis), penachos y esclavos- agradeció a Dios “por tan señalada merced y tan deseada victoria como nos había dado”.

 

Para citar: Martín Ríos Saloma, El sitio de México-Tenochtitlan desde la perspectiva castellana, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2700/2699. Visto el 17/01/2022