La relación entre la guerra y la cacería en Mesoamérica

Entre los grupos indígenas que hoy en día denominamos amerindios, puede reconocerse una compleja concepción del mundo que en ciertos momentos resulta común entre ellos. La  interesante relación cosmológica existente entre la guerra y la cacería es uno de éstos puntos comunes, donde se entiende al acto cinegético como una metáfora de la guerra. En esta construcción, el cautivo de guerra es concebido como un botín de caza, siempre evocando a la presa por excelencia, según el caso, como lo fue el venado para Mesoamérica y la llama en los Andes; mientras que el guerrero se encuentra emparentado al cazador, ambos como perpetradores de un acto de consumo (de vida) que en un último momento habrá de generar nueva vida. De tal suerte, la acción misma de cazar al enemigo/presa no es el único símil existente, pues en tanto esta relación existe, el cautivo/presa se encuentra a merced de su captor como victimario de un acto que incide en ambas actividades y en la vida ritual, donde su vínculo resulta aún más evidente.

Particularmente en Mesoamérica, en lo que se refiere a las acciones mismas de cazar y guerrear, la relación es ineludible. En las fuentes que describen estas actividades para el momento del contacto, o aún mas tempranas, es común el uso de los mismos términos en las tácticas de ambas, mientras que en su implemento hay también gran afinidad. El acto bélico y la cacería son concebidos como una fuerza componente del cosmos, pues si se saben llevar bien a cabo, en un nivel controlado, constituyen una vía de creación de vida y nuevas relaciones sociales entre los involucrados, estableciendo semejanza entre ambos al producir y no destruir.

Si la guerra y el matar en el campo de batalla, son una metáfora directa de la cacería, entonces la captura del enemigo en combate corresponde al acto de prendimiento de una presa de caza. Esta equivalencia de botín de guerra = botín de caza, hizo de la guerra una cacería de hombres. De ahí que los k’ichee’s guatemaltecos del periodo del contacto calificaran a sus cautivos de guerra explícitamente como “botín de cacería.”

Aunque en los espacios rituales, como es común, los papeles podían invertirse: los nahuas del Posclásico en las fiestas de Quecholli, Tititl e Izcalli a los animales capturados en cacerías rituales los sacrificaban de la misma forma que a los cautivos de guerra, mientras que a los cazadores se les recompensaba como guerreros. Por ejemplo, la veintena de Quecholli, siguiendo la interpretación de Graulich, era una fiesta de guerra y preparación del triunfo del Sol en el inframundo, en medio de la estación de lluvias; del cuarto al sexto día de la veintena se fabricaban flechas en el templo de Huitzilopochtli. Al llegar el octavo día, los jóvenes se sacaban sangre de las orejas y la untaban en sus sienes “en memoria de los ciervos” y practicaban la abstinencia sexual para que la caza fuera buena. Al noveno, practicaban el manejo del arco y la flecha y al llegar el décimo conmemoraban a los muertos en el campo de batalla. Tras esto, se hacían peregrinaciones en las que la ofrenda de la caza se realizaba en honor al “Dios del Fuego”. Como mimixcoas, los hombres hacían una gran cacería en la “montaña de la Hierba Seca” el Zacatépac. La presa era ejecutada como si se tratara de un prisionero de guerra y el tlatoani ofrecía mantas a los que habían capturado al venado o al coyote. Posteriormente, se procedía al sacrificio de cuatro prisioneros por extracción del corazón, que se llevaban a la cúspide de la montaña, atados de pies y manos para mostrarlos “como venados”. De tal forma, los guerreros cautivos se asimilaban a venados y, como tales, eran sacrificados y a la inversa, los animales de caza eran tratados como cautivos de guerra. Así, este ejemplo nos permite reconocer cómo el ritual reconoce y expresa dicho vínculo.

En la actualidad, diversas comunidades de todo el territorio siguen practicando ceremonias y actos rituales de corte bélico-cinegético; sin embargo, con la desaparición de la guerra en el mundo indígena las prácticas se han ido matizando; si bien son comunes las representaciones de cacería con alegorías guerreras, lo más recurrente es el sacrificio de los animales cazados a manera de cautivos de guerra. Invariablemente, el cuerpo -ya sean huesos, cornamenta u otras partes específicas- del venado, cabrito o vaca, según la región y grupo étnico, son tratados de tal forma que puedan regenerarse en nueva vida. Así, en muchos de los casos, se depositan los huesos de la presa en una cueva o bien, se entierran en la milpa o al pie de los árboles, para así lograr la renovación de los animales; la ofrenda de la osamenta es la forma de devolver al dueño de los animales lo consumido, o al menos así lo refieren los trabajos etnográficos realizados con diversos grupos nahuas, huicholes y mayas entre otros.

Para citar: Gabriela Rivera Acosta, La relación entre la guerra y la cacería en Mesoamérica, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/1767/1764. Visto el 01/12/2021