La guerra contra los musulmanes en la Península

En enero de 1492 los Reyes Católicos entraron triunfantes en la ciudad de Granada. Tras un conjunto de campañas militares que empezaron en 1482, la entrega de la ciudad a los cristianos por el último gobernante nazarí, Abu ‘Abdallah Muhammad XII puso fin a casi ocho siglos de guerra contra los musulmanes en la Península Ibérica. La colonización y repoblación gradual del territorio ibérico por parte de los reinos cristianos, un proceso llamado por historiadores del siglo XIX como la lucha entre musulmanes y cristianos, afectó de diversas maneras las mentalidades y prácticas de los castellanos que llegaron a Mesoamérica en 1519.

La guerra entre musulmanes y cristianos en la península comenzó en 711. En este año, fuerzas militares de bereberes marroquíes y árabes cruzaron el estrecho de Gibraltar y derrocaron rápidamente al reino visigodo. Al-Ándalus, como los invasores llamaron a los territorios que habían conquistado y que comprendió, en un momento determinado, casi toda la Península Ibérica, se convirtió en una provincia del Califato Omeya con su capital en Damasco, Siria. Cuando el califato perdió el control sobre sus provincias occidentales, como resultado de la revuelta bereber de 740, el príncipe omeya exiliado Abd Al-Rahman asumió el control sobre Al-Ándalus. Después de que uno de sus descendientes, Abd al-Rahman III, se proclamó califa en 929. El nuevo califato de Córdoba experimentó un siglo de prosperidad y se convirtió en un centro de producción e interacción cultural. Sin embargo, desde el año 1031, las guerras civiles y las redadas de invasores bereberes pusieron fin a este siglo de oro.

La desintegración del califato en 33 principados independientes -o taifas- alteró drásticamente la relación entre cristianos y musulmanes en la Península. Pequeños grupos de cristianos se establecieron en las zonas montañosas de Cantabria y Sur de los Pirineos, que habían quedado desocupadas por las fuerzas de Córdoba. Aquí se formaron los reinos independientes de Asturias, León, Castilla, Navarra, Aragón y Cataluña. A pesar de las incursiones musulmanas que arrasaban regularmente sus territorios, los cristianos se expandieron gradualmente hacia el Sur, estableciéndose primero en las tierras al norte del Río Duero y después en el Valle del Río Tajo.

Este avance se detuvo temporalmente debido a las invasiones almorávides y almohades a mediados del siglo XII. Pero a principios del siglo XIII, las fuerzas cristianas estaban presionando una vez más hacia el Sur, hacía el Río Guadiana y el Valle del Guadalquivir. A mediados de este siglo, los reinos cristianos después de haber conquistado Córdoba (1236) y Sevilla (1248), rodearon el emirato de Granada, último bastión musulmán. Ante esta nueva situación, el primer gobernante del emirato granadino, Ibn al-Ahmar, decidió convertirse en vasallo castellano en 1246, prometiendo asistencia a la corte, servicio militar y un tributo anual a cambio de la preservación de su autonomía. Granada fue un estado tributario de la Corona castellana durante los siguientes 250 años, hasta que Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón reunieron los recursos del reino para su conquista.

Durante los ocho siglos de guerra, las razones y legitimaciones para librar dicho enfrentamiento contra los musulmanes variaron. Durante los primeros siglos de la consolidación del gobierno musulmán sobre Al-Ándalus, los cristianos lucharon, ante todo, por preservar su posición. Desde el momento que el poder cordobés empezó a disminuir, los reyes cristianos comenzaron a enfatizar la importancia del engrandecimiento territorial como un objetivo central de la guerra. Luchando constantemente por la legitimidad y el poder, la expansión fue un medio importante para ganar prestigio y aumentar su población y ingresos.

A su vez, los hombres guerreros consideraron la guerra como instrumento para enriquecerse o elevar su posición social. Pelearon por tierras para el cultivo o por la riqueza de al-Andalus; también usaron sus servicios militares para negociar nuevos privilegios de los monarcas, incluidos títulos, permisos para crear nuevos asentamientos o derechos comerciales.

Desde finales del siglo XI, bajo la influencia de Roma, monarcas, clérigos y nobles presentaron las batallas peninsulares como parte de la guerra universal entre el Islam y el Cristianismo por el dominio en el Mediterráneo. La guerra se entendió en términos religiosos: allí se mezclaron historias sobre la restauración del reino visigodo con la idea de que los moros eran enemigos de la fe cristiana y que, por ende, podrían ser sometidos legítimamente debido a sus violaciones a la ley natural.

Las experiencias en la guerra contra los musulmanes influyeron indirectamente en los españoles involucrados en la conquista del Imperio Mexica. Siglos de guerra y su representación en la literatura histórica y caballeresca moldearon las perspectivas al mundo de estos hombres y también sus acciones. Las expectativas que tenían sobre los resultados que obtendrían, especialmente con respecto a la organización de una sociedad fronteriza y las posibilidades de progreso social que existirían allí para ellos. A su vez, dicha experiencia bélica mostró a los conquistadores castellanos la importancia de las alianzas transculturales en el contexto de la guerra y el uso de la adaptación de las costumbres del otro. Estas dos prácticas fueron centrales para el éxito de Hernán Cortés. Otra forma en que reaparecieron las memorias de la guerra fue en las referencias a Santiago en los gritos de batalla y en las narraciones sobre intervenciones del santo en el campo de batalla.

Fueron de gran importancia las nociones que los conquistadores tenían sobre la “guerra justa”. Estas se basaron, en parte, en las afirmaciones desarrolladas durante los siglos anteriores. La idea que los musulmanes con sus prácticas idólatras violaban la ley natural inspiró las descripciones que realizaron los conquistadores acerca de las prácticas religiosas de los mexicas ­­–especialmente cuando se trataba del sacrificio de prisioneros y de la sodomía–. También los llevó a llamar a los templos nativos: mezquitas.

A pesar de las influencias en los conquistadores, es importante resaltar que la conquista de Mesoamérica no fue una simple continuación de la expulsión de los musulmanes. Las mentalidades de los conquistadores y el marco de referencia a través del cual los actores percibieron la conquista en América fue influida por otros factores e influencias externas: la teoría política, la cultura caballeresca, las cruzadas y el antecedente histórico de la conquista de las Canarias.

Para leer más:

  • Crespo Cuesta, Eduardo Daniel. Continuidades medievales en la conquista de América. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 2010.
  • García Fitz, Francisco y Feliciano Novoa Portela, Cruzados en la Reconquista. Madrid: Marcial Pons, 2014.
  • Weckmann, Luis. La herencia medieval de México. Mexico City: El Colegio de México, 1984.
Para citar: Nino Vallen, La guerra contra los musulmanes en la Península, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/1178/1135. Visto el 21/09/2021