Las obras de Sahagún y su círculo

Bernardino de Sahagún llegó a la Nueva España en 1529 para unirse a los esfuerzos de los frailes franciscanos en la proclamación del evangelio entre los pueblos indígenas. Y desde sus primeros años en estas tierras, al igual que otros miembros de su orden, fray Bernardino se distinguió por su interés en aprender a fondo la lengua de los nahuas, predicar e instruir en la doctrina cristiana a sus feligreses, impartir altos estudios a los hijos de los señores nativos que se habían aliado con los españoles durante las guerras de conquista y avanzar en las indagaciones sobre las costumbres, para él, “paganas” e “idolátricas” que los habían caracterizado en tiempos pasados. En 1536, Sahagún formó parte de la matrícula de profesores que encabezó el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, una institución forjada por iniciativa de la orden franciscana, fray Juan de Zumárraga –primer arzobispo-, Sebastián Ramírez de Fuenleal –presidente de la segunda audiencia- y Antonio de Mendoza –primer virrey- para instruir en las artes liberales y, en especial, en “latinidad” a los jóvenes pertenecientes a las elites nativas.

Esta escuela nació con la intención de formar, de acuerdo con los valores y conocimientos que debían distinguir a cualquier "príncipe cristiano", a aquellos naturales destinados a formar parte de los cuerpos dirigentes de las repúblicas de indios y a servir, por lo tanto, de enlace entre las sociedades indígenas y el régimen español. Y allí, en el Colegio de Tlatelolco, la primera institución que ofreció estudios de corte universitario en la América española, Sahagún amarró su vida a la de varios alumnos suyos, quienes se convertirían en sus más cercanos colaboradores y en coautores de la gran mayoría de sus obras. Años más tarde, Sahagún registraría sus nombres: Martín Jacobita de Tlatelolco, Antonio Valeriano de Azcapotzalco, Alonso Vegerano de Cuauhtitlan, Pedro de San Buenaventura también de Cuauhtitlan y Andrés Leonardo de Tlatelolco.

En Tlatelolco, junto quienes en aquel entonces aún eran sus alumnos, fray Bernardino comenzó a recopilar testimonios sobre la caída de los mexicas a manos de los ejércitos encabezados por los españoles y los tlaxcaltecas, así como fragmentos de pláticas ceremoniales indígenas. Allí mismo, inició la escritura de sus primeros textos doctrinales en lengua náhuatl, sus sermones, de los que se conservan diversos conjuntos en el Ms. 1482 de la Biblioteca Nacional de México y el Ms. 1485 de la Newberry Library (en Chicago, Il).

En 1558 sus trabajos comenzaron a llamar la atención y fray Francisco Toral, provincial del Santo Evangelio, le dio la encomienda de escribir lo que le pareciera “ser útil para la doctrina, cultura y manutenencia de la cristiandad de estos naturales desta Nueva España, y para ayuda de los obreros y ministros que los doctrinan.” Así, Sahagún y sus colaboradores nahuas comenzaron el proyecto de lo que con el tiempo sería la Historia general o universal de las cosas de Nueva España. Se trasladaron a Tepepulco (hoy en el estado de Hidalgo) y allí prepararon una “minuta” o cuestionario para guiar sus entrevistas con ancianos “sabios”, quienes accedieron a fungir como informantes. Allí también, en Tepepulco, fray Bernardino y sus colaboradores iniciaron la redacción de la Postilla, una traducción y comentario sobre las lecturas de los evangelios y las epístolas prescritas por la Iglesia para todo el año, y de los “cantares” que con los años se convertirían en la Psalmodia christiana y sermonario de los sanctos del año en lengua mexicana, la única obra de este grupo que sería publicada en sus días (México, Pedro de Ocharte, 1583).

Sahagún se concibió a sí mismo como un “médico de almas”, cuya misión era examinar y dar a conocer, primero, los alcances de una enfermedad (la “idolatría” y los “pecados” de los “indios”), para luego poder suministrar los remedios necesarios. La Historia general era el examen y el diagnóstico, sus obras doctrinales, en cambio, el remedio que llevaría a los nahuas a la verdadera salud, es decir, hacia la salvación. A su vez, fray Bernardino también recopiló valiosísima información sobre la lengua náhuatl y sobre lo que él llamó “el quilate” de la “gente mexicana”, es decir, aquellos conocimientos y costumbres indígenas que resultaban positivos desde la mirada del cristianismo.

Luego de varias estancias en Tlatelolco y en la Ciudad de México, las obras de Sahagún y su círculo fueron creciendo. La Historia general pasó, al cabo de 20 años, de ser un libro con cuatro capítulos (conocido hoy como Primeros memoriales), a 12 libros divididos en capítulos y párrafos, donde todo se hallaba cuidadosamente acomodado en apartados, que iban de lo general a lo particular y de las cosas divinas a las naturales, pasando por las humanas, de acuerdo con los principios que animaban a las grandes enciclopedias medievales y del renacimiento. Asimismo, se redactaron otros acomodos y versiones preparatorias que se conservan hoy en los llamados Códices matritenses. A lo largo de esos años Sahagún se ocupó en también en predicar y doctrinar en diferentes poblaciones y sus colaboradores habían abandonado la edad escolar, para convertirse en gobernadores y oficiales de república, además de desempeñarse como catedráticos dentro del Colegio de Tlatelolco.

En 1571, fray Bernardino tuvo que afrontar que sus superiores dejaran de darle recursos, con los que sostenía, en parte, a los letrados y amanuenses que lo auxiliaban y el que sus papeles fueran desperdigados por toda la provincia para ser examinados por sus hermanos de orden. También por aquellos años tuvo que testificar en la pesquisa que llevó a cabo el Tribunal del Santo Oficio acerca de las traducciones de textos bíblicos que se habían hecho a la lengua náhuatl y sobre la pertinencia de su conservación y su uso. Este ambiente de censura llevó a fray Bernardino a preparar, acerca de su Historia, un Sumario para las autoridades del Consejo de Indias y un Compendio para el Papa. Más tarde, fray Miguel Navarro restituyó a Sahagún sus papeles y fray Rodrigo de Sequera, comisario general de la orden franciscana, le "proveyó de todo lo necesario" para que concluyera su Historia. Con este apoyo Sahagún volvió a reunir en Tlatelolco a un grupo de colaboradores nahuas y, en particular, a un grupo muy nutrido de tlacuilos y calígrafos, gracias a los cuales se elaboró, entre 1575 y 1577 y en medio de una de las epidemias más terribles que conoció la Nueva España, la versión ilustrada y a dos columnas de su Historia general que hoy conocemos como el Códice florentino y que se resguarda, precisamente, en la biblioteca Medicea-Laurenziana fundada en Florencia por los Medici. En 1577, debido a una real cédula expedida por Felipe II, muchos de los documentos de Sahagún fueron requisados y enviados a España.

            Además de supervisar la elaboración del Códice florentino, fray Bernardino continuó trabajando en sus obras doctrinales, pues de esta época datan un Ejercicio cotidiano y sus Adiciones y Apéndice a la Postilla.  En 1578, obtuvo la licencia para publicar los Colloquios de los doce, obra preparada en 1564 y en la que se recreaban a la manera de un diálogo didáctico las supuestas conversaciones que sostuvieron los doce primeros franciscanos con varios sacerdotes indígenas, junto con la Psalmodia; sin embargo, y sin que sepamos porqué, sólo esta última se publicó. En los últimos años de su vida, fray Bernardino siguió desempeñándose como maestro en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y como escritor, abocándose, ignorante de la suerte que había corrido en Europa el manuscrito en limpio de su Historia (el Códice florentino), a la composición de algunos opúsculos con los que intentaba rescatar parte de la información que había reunido; entre estas obras pueden referirse una nueva versión al castellano del Libro 12 sobre la Conquista, un Calendario y un Arte adivinatoria (estos dos últimos hoy conservados en el Ms. Cantares mexicanos de la Biblioteca Nacional de México). En febrero de 1590 falleció.

Las obras de Sahagún y su círculo deben entenderse y valorarse en su conjunto (tanto la Historia general como los textos doctrinales) como obras colectivas. Obras en las que se recuperaron los testimonios de nahuas que nacieron antes de la llegada de los españoles y que presenciaron la conquista y en las que participaron como mentes creativas el propio Sahagún, varios intelectuales nahuas formados en el Colegio de Tlaltelolco y los pintores o tlacuilos que llenaron de imágenes los Primeros memoriales y el Códice florentino. Nahuas que se hallaban en posesión de dos tradiciones culturales y que se habían vuelto expertos en el arte de combinarlas.

Fragmentarias y hoy distribuidas por el mundo, las obras que han llegado a nosotros de estos hombres (y que abarcan miles de páginas) sobresalen por su riqueza y su complejidad, pues, tanto por iniciativa del propio Sahagún, como por la de sus colaboradores nahuas y por la de los tlacuilos que en ellas participaron, en estas obras se amalgaman, en diferentes combinaciones, elementos, motivos, fuentes, modelos y formas de pensamiento procedentes de Europa con otras originadas en el mundo indígena. Las obras de Sahagún y su círculo son obras colectivas, en las que, entrelazadas con la mirada occidental de este fraile, se hacen presentes otras voces. La voces de aquellos nahuas del pasado de los que se está hablando en la Historia general. Las voces de aquellos nahuas del presente a los que se está continuamente interpelando en los sermones y en otras obras doctrinales. Las voces de aquellos nahuas cercanos a Sahagún, verdaderos herederos del renacimiento y de sus culturas maternas, que escribieron y pintaron buena parte de estas obras.

 

Para saber más

  • Alcántara Rojas, Berenice, “Palabras que se tocan, se envuelven y se alejan. La voz del ‘otro’ en algunas obras en náhuatl de fray Bernardino de Sahagún”, en Danna Levin y Federico Navarrete Linares (coords.), Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva España, México, Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Azcapotzalco, Universidad Nacional Autónoma de México,Instituto de Investigaciones Históricas, 2007, p. 113-165.
  • García Quintana, Josefina, “Fray Bernardino de Sahagún”, en Juan A. Ortega y Media y Rosa Camelo (Coords.), Historiografía mexicana, vol. 1: Historiografía novohispana de tradición indígena, coordinación del volumen de José Rubén Romero Galván, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2003, p. 197-228.
  • León-Portilla, Miguel, Bernardino de Sahagún. Pionero de la antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, El Colegio Nacional, 1999.
  • Magaloni Kerpel, Diana, El Códice florentino y la creación del Nuevo Mundo, Arqueología mexicana, edición especial 90.
Para citar: Berenice Alcántara Rojas, Las obras de Sahagún y su círculo, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2617/2616. Visto el 11/06/2021