Una aproximación a la cotidianidad de la hueste cortesiana desde el marco insular antillano

Mucho se ha escrito sobre la figura de Hernán Cortés y el conjunto de hombres que le acompañaron, y a los que en adelante denominaremos bajo el concepto de ‘hueste cortesiana’, pues incluye al ‘grueso’ de hombres que fueron en compañía del capitán extremeño durante el transcurso de sus campañas de conquista, incluyendo los y las naturales intérpretes, mensajeros o cargadores, integrados por algunos naborias antillanos y/o en su mayoría por tamemes mesoamericanos. A menudo, los estudios que se han publicado han tendido a trazar la biografía de Cortés y de algunos de sus acompañantes, particularmente del cronista Bernal Díaz del Castillo, cuya autoría se ha puesto en cuestión. Últimamente, los asuntos militares han despertado un especial interés, enfocándose en las batallas más representativas, las tácticas que se implementaron en las contiendas, los aliados que apoyaron a uno u otro bando, así como las armas que se utilizaron. Sin embargo, resulta paradójico que hasta la fecha conocemos muy poco de cómo vivieron estos hombres, ¿cómo fue su día a día?, ¿cuál fue su principal sustento y dónde lo obtuvieron?, ¿sólo se dedicaron a guerrear?, ¿qué hacían durante el día? Estas y otras preguntas han pasado desapercibidas y de ahí el interés del presente estudio.

Observando el contenido de las fuentes primarias es fácil adivinar el motivo de la escasez de estudios sobre el tema, ya que los relatos se enfocan en resaltar las hazañas de sus protagonistas, y no en detallar las ‘crudezas’ que padecieron, pues el objetivo era vanagloriarse y no desdicharse. Sin embargo, a través de un análisis pormenorizado de la cronística que emanó de la Conquista, se pueden extraer datos que ayudan a evaluar y reconstruir el día a día de estos hombres. Esto supone un importante esfuerzo de búsqueda, análisis, e interpretación, ya que las referencias se encuentran muy dispersas y escasas, aunque de un indudable valor histórico. Nos referimos a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España del referido Díaz del Castillo, que constituye el testimonio más valioso, superando incluso a las propias Cartas de relación de Hernán Cortes, gracias a su espontaneidad y minuciosidad en el detalle, a pesar de su estilo tosco debido a la limitada formación del vallisoletano. Sin dejar de lado y menospreciar, la Relación breve de la conquista de la Nueva España de fray Francisco de Aguilar (h. 1559) y la Relación de méritos y servicios del conquistador de Bernardino Vázquez de Tapia (1542).

Cabe mencionar que la cotidianidad de la hueste cortesiana estuvo determinada en buena medida por la jerarquización que se vivía al interior de esta, pues según el lugar que ocupaba cada miembro así fue su nivel de vida y realidad. De modo que, no se puede hablar de una cotidianidad homogeneizada, pues a los capitanes u hombres que montaban a caballo les correspondió un ‘mejor’ rol que al resto de acompañantes. Esto no quiere decir que la cotidianidad de los hombres que comandaban la hueste fuese fácil, ya que sabemos que no lo fue, sino más bien ilustrar o matizar las diferentes realidades que les tocó vivir. Incluso, en determinadas ocasiones las obligaciones de los hombres de armas de a pie, y entre los que se encontraba el citado Díaz del Castillo, distaba muy poco de las desempeñadas por los naturales. En tal sentido, estaban ‘obligados’ a cargar los pertrechos de los capitanes, y de ahí el tan citado ‘mal de lomos’ y cansancio; elaborar las viviendas o ‘chozas’ donde se cobijaban los propios capitanes durante la noche al aire libre; comer la peor ración de los escasos bastimentos que quedaban, y así, padecer con frecuencia enfermedades, hambre y sed; no participar en las comida que ofrecían los caciques en señal de amistad o alianza, ni en el reparto de los presentes, tal y como sucedió con las veinte mujeres que entregó el principal de Tabasco a Cortés, y entre las que se encontraba Malintzin. En otras palabras, la vida del ‘grueso’ de hombres que integraron la hueste cortesiana difiere mucho de la visión afable e idealizada que se ha intentado mostrar, pues su cotidianidad estuvo marcada por el cansancio, sufrimiento, hambre y sed. Incluso, podemos aseverar que la vida de los dieciséis equinos que se embarcaron en la isla de Cuba fue mejor que la de estos hombres, pues estaban sujetos a buscarle su sustento, además de cuidarlos y cobijarlos.

 

La influencia de las Antillas en la hueste de Hernán Cortés

La cotidianidad y la cultura material de la hueste cortesiana se pueden rastrear en el marco insular antillano y en las primeras expediciones comandadas hacia algunos puntos de las costas de Yucatán por Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518), este último emparentado con el gobernador de la isla de Cuba, Diego Velázquez, natural de la villa castellana de Cuellar.  El ‘prototipo’ de conquistador que se aventuró en estos viajes, se caracterizó por una amplia experiencia en el medio insular y continental caribeño, donde estaban acostumbrados a sufrir para alcanzar sus sueños. Aguantar el calor y humedad, ya fuese en alta mar o en el propio ámbito continental de Yucatán, así como padecer cansancio, hambre y sed, poco difería de su modus vivendi en las Antillas. La presencia de enfermedades, resistir las picaduras de mosquitos zancudos y jejenes, así como padecer de ‘llagas en las piernas’, sufrir de heridas a causa de las innumerables contiendas bélicas contra los naturales o accidentes que acontecían en el transcurso del viaje, fue la tónica imperante de su diario. De ahí la necesidad de aproximarse al marco caribeño y, de un modo en particular a las Antillas Mayores, porque fue la ‘plataforma’ donde se ‘acuñaron’ en primera instancia los hombres que integraron la hueste de Cortés.

Por tal motivo, la hueste cortesiana se proveyó de una serie de elementos propios del marco insular antillano, y de otros de origen peninsular-ibérico, los cuales habían sido introducidos en la isla tras un proceso de aculturación, el cual se vio favorecido debido al despoblamiento de Cuba, que apenas estaba iniciando un proceso de colonización a la salida de Cortés. A falta de ganado vacuno, carneros y otros animales esenciales del marco peninsular-ibérico en la isla, las armadas se aprovisionaron de tocinos de los escasos puercos que merodeaban en las villas cubanas de Santiago de Cuba, San Cristóbal, Trinidad y La Habana, esta última identificada en la época como Puerto de Carenas. Tal escasez, hizo que el precio del puerco especulara hacia cifras espeluznantes para la época, ¡tres pesos! Precisamente, este producto curado constituyó el principal aporte proteínico y grasas de origen animal para la hueste hasta su llegada a las inmediaciones de Tlaxcala. Asimismo, aportaba el sodio necesario para el correcto funcionamiento del organismo y, por tanto, para la supervivencia de la hueste, ya que en su proceso de conservación se empleaba la sal. De ahí que los hombres que se concertaron con el hidalgo Francisco Hernández de Córdoba para explorar la costa yucateca, posteriormente con Juan de Grijalva y finalmente con Hernán Cortés, nunca les faltó tocino, gastando prácticamente sus ‘haciendas’ o buena parte de ellas para adquirirlos. Cuando su abastecimiento escaseaba se producía una fuerte racionalización al interior de la hueste, que se traducía en hambre y muerte para sus miembros, y en una intensa búsqueda de recursos proteínicos alternativos, tal y como sucedió en las inmediaciones de tierras tlaxcaltecas, que terminó solventando Cortés al incorporar el xoloitzcuintle a la dieta.

No menos importante fue la adopción del casabe, es decir, las típicas ‘tortillas’ del medio insular caribeño y amazónico que elaboraban las comunidades antillanas a partir de la yuca. Su alto contenido en hidratos de carbono y resistencia a la humedad en contextos tropicales, lo convirtió en el alimento predilecto de los conquistadores que se embarcaron a tierras mexicanas y caribeñas. Cuando este se enmohecía por la humedad en los navíos y bateles, o comenzaba a presentar suciedad a causa de las fótulas y amargaba, representaba un verdadero trauma para la hueste. Más básico y elemental fue el consumo vital del agua, pero su transporte implicó un verdadero ‘quebradero de cabeza’ para Cortes, puesto que las ‘pipas’ y vasijas que se trajeron de Cuba a menudo tenían aberturas y quebraduras, suponiendo una gran pérdida del líquido transparente, y de ahí el constante síntoma de sed y malestar entre sus miembros. Por ello, en la documentación con frecuencia se mencionan que los hombres de pie no perdían tiempo en buscar agua en manantiales o chultunes, típicos pozos del área maya que a menudo confundía con los jagüeyes antillanos. Aunado a ello, cabe resaltar que los once caballos y cinco yeguas que llevaban la hueste cortesiana consumían buena parte del agua y del matalotaje de la armada, además de maíz y yerba seca, hasta el punto de equiparar Díaz del Castillo el interior de los navíos que los transportaban en ‘pesebres’.

De este modo, la alimentación de la hueste cortesiana fue monótona y se caracterizó por un alto consumo de grasas de origen animal e hidratos de carbono, el cual constituyó la base de su sustento. Por ello, no debe extrañarnos que Juan Sedeño, vecino de La Habana fuese el hombre más rico de la armada, ya que aportó todo un cargamento de casabe y tocinos, que en principio iban destinados para unas minas de oro de la villa de Santiago de Cuba. Además, llevó una yegua castaña que ingresó al grueso de equinos de la hueste cortesiana y un esclavo negroafricano, que por esos momentos eran muy escasos en las Antillas y, de un modo en particular, en la isla de Cuba, pues su incorporación a la corona apenas se hizo efectiva a finales de 1516.

Solamente en determinados contextos, consiguieron los españoles diversificar su dieta a partir del consumo de productos adicionales como la miel, la cual recolectaban en los colmenares del sureste mexicano, frutas, verduras y raíces tuberosas ₋con frecuencia se menciona el ‘camote’, que denominan con la palabra taina de boniato o batata₋ que obtenían de su entorno inmediato. Para la caza de pecaríes, venados y liebres, se ayudaron de perros lebreles adiestrados en el marco de las Antillas y que sirvieron como elemento de prevención para la hueste e, incluso cuando se agotaban los bastimentos se convirtieron en una ‘despensa’ cárnica indispensable. Tampoco podemos obviar los alimentos que les eran suministrados y preparados por las naborias antillanos en primera instancia y posteriormente por los indígenas de las culturas mesoamericanas aliadas en el transcurso de sus campañas hacia México-Tenochtitlan, y entre los que se encontraban los pescados, aunque por lo general, estaban reservados para el deleite y disfrute de los capitanes.

Respecto a su cultura material tangible, estaban muy presentes las típicas armas ofensivas de largo alcance, que se limitaban en el primer viaje al arcabuz, la ballesta y escopeta, pero tras los primeros enfrentamientos yucatecos, pronto se incorporó el falconete y finalmente diez cañones de bronce. En tal sentido, la hueste cortesiana dedicaba buena parte de su tiempo en la vigilancia y apercibimiento de todos los pertrechos de guerra que se encontraban en el ‘real’, limpiándolos y aderezándolos, particularmente los cañones que trataban con vino y vinagre para refinarlos, así como tener preparadas las ballestas y sus virotes, junto con las pelotas de los cañones y la pólvora. De igual modo, los herreros empleaban parte de su tiempo en preparar casquillos, mientras los hombres de armas de a pie alisaban y limpiaban sus cuchillos, hachas de mano y espadas, así como en reparar sus armas acolchadas de algodón, y en engrasar las monturas y pretales de los caballos de los capitanes. Igualmente, y más próximo al ámbito doméstico, se dedicaban en reparar su sencilla indumentaria, la cual se limitada a una simple camisa, jubón, zaragüelles, caperuza y alpargatas, que en ocasiones sustituían por los bejucos antillanos, los cuales consistían en cortezas de árboles y que ponían por suela atada a los pies con cuerdas delgadas. Menos llamativos dentro de su cultura material, pero no menos valiosa desde un punto de vista estratégico y económico, fueron los cascabeles, pequeños espejos y ‘sartalejos’ de cuentas verdes, que despertaron la curiosidad del natural mesoamericano, pues a menudo confundían los últimos con chalchihuites, que empleaban para rescatar oro y plata con los indígenas, intercambiar por comida o sellar una alianza con un cacique.

Por último, cabe resaltar la convivencia al interior de la hueste cortesiana, compuesta por un auténtico microcosmos de mentalidades y diferencias sociales, las cuales respondían a una marcada jerarquización, donde en la cúspide se encontraba el capitán, secundado por los capitanes subalternos, que normalmente montaban a caballo, seguidos por los hombres de armas de a pie, marineros y personal de oficios muy diversos ₋por lo general representados por marineros, herreros, carpinteros y albañiles₋, concluyendo con los naturales y esclavos negroafricanos. Precisamente, en este último escalafón es donde se encontraban los naturales naborias antillanos que se asignaban para las encomiendas, y que a diferencia de los naturales mesoamericanos, la historiografía se ha olvidado de su papel, sin dejar de lado a los esclavos africanos que se embarcaron desde Cuba. A menudo, estos personajes han sido invisibilizados en la documentación, hasta el punto de omitir sus nombres, cuando desempeñaron un papel protagónico en la subsistencia de la hueste, porque eran los encargados de elaborar las tortillas de casabe de la harina de yuca que transportaban, de apoyar en la búsqueda de alimentos cuando los bastimentos escaseaban, de cuidar a los heridos que se encontraban a retaguardia, de transportar el agua y pertrechos de la hueste. Sabemos que, desde el primer viaje de Francisco Hernández, el clérigo Alonso González de la villa de San Cristóbal, primer religioso europeo en pisar tierras mexicanas, le sirvieron dos naturales oriundos de Cuba, y de los que no tenemos más noticias. Grijalva encontró en Cozumel una mujer jamaicana que incorporó a la hueste y le ayudó como mensajera e intérprete en la isla, y que posteriormente Hernán Cortés se sirvió de ella como intérprete, así como de cinco o seis naturales antillanos más.

Para saber más

  • AGUILAR, Francisco de. Relación breve de la conquista de la Nueva España, notas, apéndice, edición y estudio de GURRÍA LACROIX, Jorge. México: UNAM & IIH, 1980.
  • CORTES, Hernan. Cartas de relación, edición de HERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA, Mario. Madrid: Dastin, 2009.
  • DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, introducción y notas de SÁINZ DE MEDRANO, Luis. México: Austral, 2019.
  • GONZALBO AIZPURU Pilar (Dir.) & ESCALANTE GONZALBO, Pablo (Coord.). Historia de la vida cotidiana en México. México: FCE & Colegio de México, 2006.
  • VÁZQUEZ DE TAPIA, Benardino. Relación de méritos y servicios del conquistador. México: Antigua Librería Robredo, 1953
Para citar: Alfredo Bueno Jimenez, Una aproximación a la cotidianidad de la hueste cortesiana desde el marco insular antillano, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/index.php/amoxtli/2583/2576. Visto el 12/06/2021