Dioses y humanos en el cristianismo y en Mesoamérica

¿Creyeron realmente los habitantes de Mesoamérica que los expedicionarios venidos de España en 1519 eran dioses? ¿Fue por eso que se sometieron a ellos?

Para responder estas preguntas, planteadas desde hace cinco siglos, debemos reconocer que las concepciones de lo que es un Dios o una deidad son muy diferentes en la religión judeo-cristiana y en la mesoamericana.

La religión Católica concibe a Dios como un ser único y radicalmente diferente a los seres humanos a quienes creó. Es omnipotente y omnisciente, inmortal y eterno; es además la única fuente de la verdad. Las personas, en cambio, son mortales y sólo pueden conocer las verdades reveladas por él. En la tradición judeo-cristiana, Dios y los seres humanos son seres esencialmente diferentes y ocupan posiciones fijas en una escala vertical. Desde este punto de vista, decir que una persona es un dios es atribuirle un poder extraordinario y superior al de cualquier criatura humana.

 Para las religión mesoamericana, las deidades -en náhuatl téotl (plural teteo)- y las personas -macehualli (plural macehualtin)- no tienen identidades fijas y absolutas sino que se entremezclan y transforman continuamente: los macehualtin en teteo y vice versa. Según los relatos nahuas, por ejemplo, una persona humilde y enferma, el anciano Nanahuatzin, se transformó en el Sol que iluminaba el mundo y varios humanos más también se hicieron deidades. Desde entonces se estableció un pacto en que los macehualtin y los teteo se alimentaban y mantenían en vida mutuamente.

Por eso era frecuente que mujeres, niños y ancianas, además de hermosos guerreros jóvenes, se convirtieran en deidades. Por medio de complejos rituales se volvían ixiptla, imágenes vivientes, encarnaciones físicas de los teteo. Un téotl hablaba con la voz de su imagen viva humana y actuaban en la tierra por medio de su cuerpo. Con frecuencia, los ixiptla eran muertos en rituales y luego los humanos hacían renacer bajo otra forma a las deidades que habían vivido en ellos.

Si los indígenas se volvían ellos mismos deidades, no sorprende que pensaran que los expedicionarios que llegaron en 1519 pudieran ser ixiptla de alguna deidad, o teteo ellos mismos. Por eso, los llamaron teules, como los españoles escucharon la voz téotl. Pero esto no quería decir que fueran superiores, todopoderosos, inmortales, ni siquiera buenos, ni dueños de la verdad. A diferencia de la tradición maniquea de la religión católica, que identifica a Dios con el bien absoluto y a la maldad con el Demonio, los mesoamericanos sabían que sus deidades eran poderosas, sin duda, pero que podían ser buenas o malas, según las circunstancias.

La fuerza brutal de un téotl se podía manifestar por medio del rayo, de catástrofes, de actos de violencia, de portentos que podían ser benéficos o maléficos, según a quien beneficiaban o perjudicaban. En este sentido las repetidas atrocidades cometidas por los expedicionarios, sus armas espectaculares y sus caballos agresivos, podían ser interpretados como atributos de deidades, precisamente por ser tan peligrosos y dañinos. Por eso, como hacían con sus dioses enojados o vengativos, los mexicas (o aztecas) buscaron la manera de contentarlos, alimentarlos y tenerlos tranquilos, por medio de regalos y servicios, para paliar su violencia. También buscaron la manera de neutralizar su poder por medios mágicos o militares, como hacían también con las deidades enemigas. Otros, en cambio, como los totonacas o los tlaxcaltecas, optaron por aliarse con ellos y usaron su fuerza mortífera para enfrentar y destruir a sus enemigos.

Al mismo tiempo, las mujeres mesoamericanas se encargaron de tener relaciones sexuales con estos seres tan peligrosos para enfriarlos con su fuerza femenina, reducir sus poderes solares, masculinas y calientes, hacerlos seres más equilibrados, más humanos, menos peligrosos. Al darles de comer tortillas y otros alimentos propios de las personas buscaban transformar sus cuerpos para hacerlos más parecidos a los cuerpos de los macehualtin.

Los teteo también veían cosas que los macehualtin no alcanzaban a avistar y usaban palabras que no todos entendían. Los españoles hablaban un idioma desconocido y se referían a entes desconocidos como Dios, el Emperador Carlos V, el Papa. Para comunicarse con las deidades, los chamanes mesoamericanos ingerían alucinógenos o realizaban penitencias, los sacerdotes realizaban sacrificios y ofrendas suntuosas. En este sentido, se puede proponer también que Marina, la intérprete, fue vista por los mesoamericanos como una sacerdotisa, o tal vez una ixiptla de esos teteo, tan peligrosos como incapaces de hablar, pues era la única que podía entenderlos y transmitir sus palabras y sus visiones a los macehualtin y deidades de estas tierras. Era también la que podía controlar su violencia desmesurada y mantenerla dirigida a los enemigos que ella y los aliados indígenas designaban.

Para citar: Federico Navarrete , Dioses y humanos en el cristianismo y en Mesoamérica, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/599/598. Visto el 10/12/2019