¿Qué pasó en 1521? ¿Conquista, invasión o rebelión?

Nuestra conmemoración de los 500 años de la caída de México-Tenochtitlan en 1521 ha estado marcada, era de esperarse, por un álgido debate sobre quiénes fueron los héroes y quiénes los villanos de esa guerra e, incluso, sobre la naturaleza de estos acontecimientos. Muchos niegan que se deba hablar de conquista, porque esta palabra, a sus ojos, otorga a la violenta victoria de los españoles una legitimidad que no debe tener; por ello sugieren hablar de invasión, un término que, supuestamente, reflejaría el carácter de intrusión ilegítima. Otras más, defienden que lo que aconteció en esos años no fue una conquista española, sino una rebelión o liberación de los pueblos indígenas sometidos a los “aztecas”: de esta manera buscan exculpar a los expedicionarios españoles y culpar a los vencidos, por haber sido gobernantes tiránicos y poco queridos que provocaron la venganza de sus súbditos y enemigos. Resulta evidente que detrás de estas posturas se encuentran defensas y condenas relativas a nuestra identidad contemporánea como nación: en general, los primeros valoran más el pasado indígena y parecen considerar que la invasión o “irrupción” española fue sobre todo violenta y destructora; los segundos, en cambio, enfatizan el impacto positivo de estos extranjeros que ayudaron a los indígenas a librarse de la “tiranía” azteca.

¿Cómo podemos comprender la guerra de 1519 a 1521 más allá y a través de estas discusiones históricas e ideológicas?

Empecemos por recapitular la situación militar y política en marzo de 1521. Desde mayo del año anterior, 1520, después de que los españoles y tlaxcaltecas masacraron a la juventud mexica en la plaza de Templo Mayor durante la fiesta religiosa de Tóxcatl, estalló una guerra sin cuartel. En julio de 1520, los aliados indo-españoles huyeron de México-Tenochtitlan y sufrieron la terrible derrota que los españoles bautizaron como Noche Triste. Sólo encontraron refugio en Tlaxcala un mes después, lo que salvó sus vidas. Sin embargo, de inmediato los aliados y Cortés decidieron mantener la guerra contra los mexicas, para someterlos militar y políticamente.

Las motivaciones de Cortés y los demás españoles para continuar la guerra parecen obvias: como rebeldes contra el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, su única posibilidad de salvación era una victoria tan clara que les permitiera ganar el favor del rey Carlos. Por otro lado, querían recuperar las deslumbrantes riquezas que habían obtenido durante su estancia pacífica en México-Tenochtitlan (noviembre 1519-mayo 1520) y que perdieron en la huida. Fue así como Cortés, en la Segunda Carta de relación que escribió en octubre de 1520, construyó la leyenda de la conquista de México: una guerra gloriosa emprendida por él y sus hombres, como vasallos del rey que buscaba someter a los mexicas por la fuerza sólo porque se habían rebelado a traición contra los españoles, después de haberse sometido a ellos voluntariamente en noviembre de 1519. Digo que es una leyenda porque los historiadores cada vez dudan más que Moctezuma se haya entregado realmente como vasallo del rey de España al recibir a Cortés en su ciudad el año anterior. También era una leyenda, porque en el momento de escribir la carta el sometimiento definitivo de los mexicas no era una realidad sino un sueño lejano y muy difícil de alcanzar.

Cuando un año después, la derrota de México-Tenochtitlan se materializó, esta leyenda tampoco se cumplió plenamente: no olvidemos que el ejército vencedor tenía 100,000 soldados nativos y menos de 1,000 combatientes español. La derrota de los mexicas no significó de manera automática y definitiva la imposición del dominio español por medio de una simple conquista. Fue realmente hasta décadas después cuando el gobierno español se consolidó de manera definitiva, con el establecimiento del virreinato, las repúblicas de Indios y la cristianización forzosa. Tampoco fueron Hernán Cortés ni sus hombres los que lograron esta consolidación, pues a esas alturas ya habían sido desplazados del poder y sustituidos por funcionarios, aristócratas y nuevos colonos. La idea que tenemos ahora de la “conquista española”, una victoria absoluta y definitiva de unos cuantos soldados españoles y su valiente capitán que derrotaron al “imperio azteca” con la ayuda, siempre secundaria, de sus ayudantes indígenas, no sería inventada sino hasta el siglo XVIII y en el México independiente y poco tiene que ver con lo que pasó entre 1519 y 1521.

Por otro lado, las decisiones de los indígenas aliados a los españoles obedecieron a sus propias y complejas motivaciones y no se pueden subordinar a la idea de conquista inventada por Cortés. En primer lugar, es poco probable que a fines de 1520 los indígenas creyeran que el capitán extranjero, recién vencido y refugiado entre sus aliados tlaxcaltecas quienes lo salvaron de ser destruido por los mexicas, fuera capaz de vencer a sus enemigos sin su ayuda y apoyo. Por eso hay que entender es que tomaron sus decisiones de acuerdo a sus propios intereses y perspectivas en ese momento, siguiendo los acuerdos de sus élites gobernantes. En 1520 y 1521 no podemos considerarlos de ninguna manera simples “ayudantes” o “seguidores” de los españoles, pues eran tanto o más poderosos que ellos, y de hecho su apoyo fue lo único que permitió sobrevivir a los expedicionarios.

Las decisiones que tomaron, muestran pues, su capacidad para decidir su propio destino y optar por realizar un cambio profundo en las relaciones políticas de Mesoamérica. Para empezar, al apoyar a los españoles rechazaron  las ofertas de paz que les hacían sus enemigos mexicas, a cambio de que les entregaran a los extranjeros. Es muy probable que Tlaxcala, Huexotzingo y otros altépetl que apoyaban a los españoles hubieran podido negociar acuerdos políticos relativamente ventajosos con los debilitados mexicas.  Sin embargo, optaron por continuar la guerra y someter a sus viejos enemigos: tal vez porque los veían demasiado desgastados y vulnerables, o porque querían vengarse de sus imposiciones y abusos, o porque tenían la esperanza de que las los acuerdos con los españoles tras una victoria compartida serían más favorables que los que podían ofrecerles los mexicas.

Estas decisiones se pueden caracterizar de varias maneras. Para los tlaxcaltecas que nunca fueron sometidos por los mexicas, se trató de la decisión lógica de llevar esta enemistad a su solución, aprovechando la presencia de los españoles y de sus demás aliados. No fue rebelión, porque nunca fueron sometidos. Los huexotzingas, chalcas y otros pueblos que sí habían sido conquistados por los mexicas, se rebelaron contra ellos al unirse al ejército indo-español. Sin embargo, su sometimiento por los mexicas no había sido tan radical como algunos piensan: mantuvieron su gobierno autónomo y el control de sus asuntos internos y de su territorio. Por ello, no les fue tan difícil deshacerse de este dominio en cuanto vieron una alternativa.

Los texcocanos, por su parte, sí eran aliados y parientes de los mexicas con quienes formaban la Triple Alianza que sometía el resto de los altépetl de la región. Ellos sí optaron por traicionar a sus compañeros, impulsados por las complejas disputas dinásticas de su casa real, por los intereses contradictorios de su nobleza y por su propia voluntad de poder. Esta “traición”, sin embargo, respondía a formas tradicionales de hacer la política y la guerra en Mesoamérica.

En suma, una guerra tan importante, compleja y cargada de consecuencias como la que sacudió el centro de lo que hoy es México entre 1519 y 1521 no puede reducirse a una simple etiqueta. Los expedicionarios españoles la soñaron como una conquista, pero este sueño no correspondió por entero a la realidad de lo que aconteció en esos años. La guerra fue a la vez una rebelión de los altépetl sometidos a los mexicas, pero esto no significa que fueran “liberados” por los españoles, más bien que su propio impulso de liberación fue la ola que impulsó a los expedicionarios a su victoria improbable y a comenzar a volver realidad su sueños de conquista. Por otro lado, la guerra fue una continuación de las acendradas rivalidades geopolíticas entre los mexicas y los tlaxcaltecas, entre otros de sus enemigos más acendrados, pero el tamaño del ejército involucrado y las tácticas militares españolas la transformaron en una hecatombe imprevisible, una guerra total como nunca se había practicado en Mesoamérica. Finalmente, la guerra fue también producto de traiciones palaciegas e intrigas dinásticas en el seno de la élite imperial.

Para citar: Federico Navarrete , ¿Qué pasó en 1521? ¿Conquista, invasión o rebelión?, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/index.php/amoxtli/2599/2592. Visto el 29/11/2021