Los caballos, los españoles y Santiago Matamoros

Desde que los expedicionarios españoles llegaron a las costas de Mesoamérica en 1519, la docena de caballos que los acompañaban causaron gran impresión entre los nativos. En Mesoamérica, en efecto, no había animales domesticados tan grandes y poderosos y que pudieran, además, ser empleados con gran ventaja en combates y transporte. Los españoles, conscientes del miedo que provocaban los caballos entre los naturales, realizaban además todo tipo de demostraciones de su fuerza y fiereza. Al recibir al gobernante de Centla, por ejemplo, Hernán Cortés utilizó el olor de una yegua para encabritar a un alazán y así sembrar el terror. También gustaban de esparcir rumores de que los caballos comían carne humana.

Por otro lado, las historias de la época cuentan que los mesoamericanos pensaban que el caballo y su jinete eran un solo animal. Los españoles afirman que pronto se “desengañaron” de esta idea pues para ellos la diferencia entre las personas y los animales era absoluta. Sin embargo, tenemos indicios de que los indígenas consideraban a los caballos como seres casi humanos. Como señala Margarita Cossich en su artículo de esta semana, los nahuas y los mayas llamaron “venados” a estos animales, lo se puede atribuir a la semejanza en tamaño y rapidez entre ambos animales. Sin embargo el parecido físico no es toda la explicación de este nombre. Para los mesoamericanos, los venados como presas de cacería eran considerados análogos a los guerreros capturados en combate; después, ambos eran muertos y devorados por sus enemigos. Por eso, al llamar así a los caballos, los indígenas enfatizaban su cercanía con los seres humanos y su vinculación con la guerra.

Esta cercanía se puede reconocer, también, en el hecho de que cuando capturaban o mataban un caballo en combate, los mesoamericanos trataban su cuerpo como lo hacían con los cuerpos de sus enemigos españoles. Tenemos imágenes de cabezas de caballo colocadas en los tzompantli, las hileras de cráneos en que acomodaban las cabezas-trofeos de los guerreros humanos que capturaban y sacrificaban. Igualmente, existe evidencia arqueológica de que realizaron rituales de sacrificio con caballos capturados. No hay que olvidar que en la tradición mesoamericana los seres humanos y los otros seres vivos compartían un alma, el tonalli. Por eso todas las personas tenían animales compañeros que compartían su destino. Además, se consideraba que ciertos seres humanos, los nahuales, podían tomar el control del cuerpo de algún animal compañero y actuar por medio de él. Se puede sugerir, que al observar la cercana relación y la sorprendente coordinación entre un jinete y su cabalgadura, los mesoamericanos consideraron que existía algún tipo de relación nahualística entre ellos. Por todas estas razones, podemos proponer, que a ojos de los nativos de Mesoamérica, los caballos eran tan cercanos a los españoles que formaban parte inseparable de su ser. La identificación con estos animales hacía más temibles a los expedicionarios, pues les daba propiedades agresivas y bestiales.

De manera sorprendente, la proximidad entre los caballos y los expedicionarios fue confirmada también por la principal figura divina que trajeron los españoles consigo: Santiago Matamoros. Este apóstol de Cristo fue enterrado, supuestamente, en la ciudad de Compostela en Galicia y desde el siglo XII, su tumba se convirtió en un importante centro de peregrinación. Este santuario dio impulso económico e ideológico a los reinos católicos del norte la península en su guerra centenaria contra los reinos musulmanes del sur. Por eso, Santiago se convirtió en el santo patrono de los guerreros cristianos. Este santo guerrero era representado montado en su caballo, blandiendo una espada o una lanza, a veces portando la bandera de la cruz cristiana, y siempre pisoteando los cuerpos caídos y mutilados de sus enemigos musulmanes.

Como continuadores de la tradición de guerra santa contra los “infieles” los expedicionarios españoles trajeron consigo a América el culto a Santiago. Cada vez que iban a entrar a un combate, los expedicionarios llamaban a esta poderosa divinidad protectora con el grito “¡Santiago y a ellos!”. A veces, atribuían sus victorias a la ayuda milagrosa de este apóstol, como hicieron algunos en la batalla de Centla a fines de marzo de 1519.

Ya desde 1519, los tlaxcaltecas y otros aliados indígenas comenzaron a rendir culto a este dios cristiano, pues lo vinculaban con el poderío militar de los españoles. También identificaron a los caballeros españoles que venían en la expedición con esta figura religiosa. Esto se puede apreciar en las imágenes del Lienzo de Tlaxcala en que las tropas españolas son representadas por la figura de un guerrero montado que puede ser considerado un jinete expedicionario, pero también el mismo señor Santiago. En esta figura se hacían inseparables la animalidad y el poder del caballo, la capacidad guerrera de los caballeros españoles y el poderío divino del santo.

Para citar: Federico Navarrete , Los caballos, los españoles y Santiago Matamoros, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/878/878. Visto el 03/10/2022