Carlos V y América

En los últimos años la historiografía sobre la conquista de América en general y de la Nueva España en particular se han formulado nuevos planteamientos que permiten analizar dicho proceso desde una perspectiva de larga duración y en múltiples escalas -global, regional, local- lo que ha permitido constatar, por una parte, el trasvase de experiencias de todo signo -políticas, militares, religiosas, culturales, sociales, económicas, etc.- del espacio mediterráneo sobre los espacios atlánticos y, por otra, superar una visión nacionalista y simplificadora que explicaba la primera etapa de la conquista del territorio mesoamericano (1519-1521) en términos muy localistas y desligada tanto de los procesos y acontecimientos históricos que se vivían en Europa como de lo que acontecía en otras latitudes del continente americano e, incluso, en Asia y África.

            En estas líneas centraremos nuestras reflexiones en el espacio europeo y particularmente en la importancia que tuvo Carlos V para la conformación de la vertiente americana de la Monarquía Hispánica. Como es sabido, Carlos de Gante nació el 24 de febrero de 1500. Sus padres fueron Juana de Castilla, heredera de la Corona de Castilla, y Felipe de Habsburgo, heredero de los dominios patrimoniales situados en la actual Austria, así como de un importante prestigio simbólico dado que su familia había ocupado la sede del Sacro Imperio Romano desde el último tercio del siglo XIII y su padre, Maximiliano de Austria, sería nombrado emperador en 1508.   Carlos de Gante, por lo tanto, era heredero no sólo de una multiplicidad de estados y principados que se extendían por la península ibérica, el norte de la península itálica, y la Europa central, sino también de cuatro tradiciones políticas distintas: la castellana, la aragonesa, la borgoñona y la alemana. Carlos paso los primeros años de su vida en Borgoña -alejado completamente de la península Ibérica- y ahí aprendió no sólo el francés y el flamenco, sino también la etiqueta de una de las cortes más prestigiosas y de mayor boato de toda Europa.

            Juana de Castilla era hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, quienes habían recibido de Alejandro VI el título de Reyes Católicos precisamente por haber conquistado el reino de Granada (1492) y por haber impulsado el viaje de Cristóbal Colón y la cristianización de las Indias. La muerte de Fernando de Aragón sorprendió a Carlos en Flandes y con 16 años se convirtió en rey de Aragón y de Castilla, así como de los vastos dominios americanos que se iban reconociendo por distintos navegantes, con el título de Carlos I, dado que en su persona quedaban unidas ambas Coronas, aunque estas no se unificaron administrativamente. Carlos conocía muy poco de sus dominios peninsulares, no dominaba el castellano y se hizo acompañar en su viaje de posesión por distintos nobles y funcionarios borgoñones, como el religioso Adriano de Utrech (1459-1523), quien acabaría ejerciendo la regencia de Castilla desconociendo las leyes, usos y costumbres del reino y generando un enorme descontento. Para entonces, había muerto Felipe de Habsburgo (en 1506) y su abuelo paterno, el emperador Maximiliano, murió en 1519, lo que convirtió a Carlos en heredero de todos los dominios patrimoniales, así como el candidato más importante para ceñirse la Corona imperial. Carlos de Gante fue electo emperador a fines de ese mismo año y asumió la dignidad imperial con el nombre de Carlos V, aunque la coronación no tendría lugar sino hasta 1530 en la ciudad de Bolonia.

            En la formación de Carlos había tenido una enorme influencia el pensador y humanista italiano Mercurino Gattinara (1465-1530), quien sembró en él la idea de restaurar tanto el prestigio y la supremacía imperial sobre las distintas potestades europeas como de construir un imperio cristiano de carácter universal. Esta idea -sumada a la necesidad de combatir el protestantismo y el avance de los turcos por el Mediterráneo- marcó profundamente el reinado de Carlos quien se trazó, en términos generales, cuatro grandes objetivos: combatir a los protestantes, combatir el avance de los turcos en Europa, defender la cristiandad católica e imponer su hegemonía sobre Europa. Este programa político le llevó a combatir con el rey de Francia Francisco I, a aliarse con el rey de Inglaterra Enrique VIII, a combatir al papa, a participar activamente en la política italiana -incluso saqueando ciudades, como ocurrió con Pavía en 1525-, a realizar incursiones sobre el norte de África y a luchar contra los príncipes alemanes que abrazaban el protestantismo.

            Es importante tener en mente este contexto para comprender la relación de Carlos V con América. De entrada, eran unas tierras que sólo podía conocer por las descripciones de navegantes, viajeros e historiadores que circulaban por Europa y por mapas como el del cosmógrafo alemán Martín Waldseemüller, quien en 1507 fue el primero en consignar el nombre de América en un planisferio para referirse a nuestro continente. En segundo lugar, eran unas tierras ciertamente marginales, no sólo porque se encontraban al otro lado del océano y eran en buena medida ignotas, sino porque el centro del mundo occidental en el primer tercio del siglo XVI aún era el Mediterráneo y los intereses políticos del emperador estaban focalizados en sus dominios patrimoniales y en la geopolítica europea. De esta suerte, la primera carta que recibió Carlos de Cortés le habría llegado a medidos de 1520 cuando se hallaba en el Sacro Imperio atendiendo los asuntos domésticos y la segunda carta, en la que recibió las noticias de la conquista de Tenochtitlan, no la habría recibido sino hasta los primeros meses de 1522 y seguramente, a pesar de la prolijidad del capitán extremeño y sus diagramas y abundantes comparaciones, poca idea podría hacerse Carlos de cómo era la ciudad de México-Tenochtitlan.

            Pero a pesar de esta distancia física y emocional, el papel de Carlos en el proceso que venimos contando es cardinal. En primer lugar, porque él -y su madre, la doña Juana de Castilla- en tanto soberano de los dominios americanos, es la fuente de toda legitimidad y legitimación. Si en la primera carta Cortés se dirige a Carlos y a su madre -la reina titular de Castilla para rodos los efectos-  como “muy Altos y muy Poderosos “príncipes, reyes y señores”, en la segunda se refiere a él en singular como “Muy Alto y Muy Poderoso y Muy Católico Príncipe, Invictísimo Emperador y Señor Nuestro”. Sólo el emperador podía perdonar a Cortes su rebeldía, sólo el emperador podía reconocer como legítima la conquista de Tenochtitlan hecha por el capitán extremeño y sólo el emperador podía reconocer los servicios prestados por su Capitán General al someter “a la corona real de Su Majestad tierras y provincias sin cuento”. De esta suerte, a través de la invocación, y ante su ausencia y su invisibilidad en tierras americanas, a través de la textualidad el emperador se hacía presente en los dominios de los que -según la perspectiva jurídica castellana- era señor natural con el objetivo de cumplir la tarea más importante que tenía todo monarca de lo largo de la Edad Media y la época Moderna: impartir justicia.

            En segundo lugar, porque como príncipe cristiano que era, Carlos apoyó la tarea misional en tierras americanas pues entendía que en tanto cabeza de la cristiandad era su obligación llevar la luz del Evangelio a los naturales que desconocían la buena nueva. Dicho apoyo se materializó en el otorgamiento de las autorizaciones correspondientes para que los religiosos de las distintas órdenes -franciscanos, agustinos y dominicos realizaran la navegación transatlántica- en el patrocinio de los viajes, en la concesión de tierras para llevar a cabo las fundaciones de colegios, escuelas y conventos y en el otorgamiento de limosnas. No era gratuito que el Colegio de Tlatelolco fuera el “Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco” ni que fray Pedro de Gante, pariente del emperador, tuviese un papel tan relevante. Para Carlos V, la evangelización de las tierras americanas tenía el triple objetivo de mostrar su gratitud con la Providencia por los bienes y victorias recibidas, de mostrarse como un príncipe cristiano y, en fin, de ofrecer una réplica a los avances del protestantismo y de los turcos.

            En último lugar, quisiera subrayar el importante papel que tuvo Carlos V -junto con el Consejo de Indias- en la organización política y administrativa de los dominios americanos y que subyace en la realidad contemporánea: fue Carlos quien dividió a la América hispana en dos grande entidades geopolíticas -el virreinato de la Nueva España y el virreinato del Perú-; fue Carlos quien concedió el título de “ciudades” y escudo a poblaciones como México  -“Muy leal e imperial Ciudad de México”- y Lima, subrayando su papel rector de la vida de los nacientes reinos; fue el emperador quien designó a Antonio de Mendoza (1490-1552) como primer virrey de México (1535-1550) y como virrey del Perú (1551-1552), relegando de forma definitiva a los conquistadores y sus descendientes de los órganos del control político y fundando un nuevo orden administrativo -el virreinato- articulado por un sistema de pesos y contra pesos en el que la autoridad del virrey tenía frente a sí a las audiencias y a los arzobispos y debajo, a un ejército de funcionarios que hacían posible la gobernanza de los dominios imperiales al otro lado del océano.

            Carlos abdicó en enero de 1556 y se refugió en el monasterio de Yuste, en Cáceres, donde vivió alejado de la vida pública hasta 1558 en compañía de un pequeño séquito. Para entonces, el mundo se había transformado completamente y América se hallaba integrada plenamente a la Monarquía Hispánica -una monarquía compuesta y policéntrica constituida por diferentes entidades geopolíticas- y a las dinámicas planetarias, en particular al desarrollo del capitalismo mundial y a la conformación de la “economía-mundo” de la cual la Nueva España fue el eje articulador a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Para citar: Martín Ríos Saloma, Carlos V y América, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2758/2758. Visto el 16/05/2024