La relación de Francisco de Sandoval Acazitli, o de cómo los chalcas ayudaron a reconquistar la Nueva Galicia

En 1541 el dominio hispano sobre el occidente del virreinato se puso en entredicho. Numerosos pueblos se sumaron a un alzamiento que buscaba expulsar a los españoles, cuando no exterminarlos. Se trató de la rebelión más importante del siglo XVI, que amenazó con despoblar la Nueva Galicia. Fue necesario que el virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, acudiera personalmente a sofocarla. El 1º de junio de 1541 se pregonó en la Ciudad de México la guerra a sangre y fuego contra los chichimecas, y se convocó a todos los españoles e indios fieles a sumarse a la campaña.

Numerosos contingentes de indígenas se aprestaron para ir a la que más tarde sería conocida como Guerra del Mixtón: tenochcas, tlatelolcas, tlaxcaltecas, quauhquecholtecas, huejotzincas, acolhuas, chalcas, y al parecer, también zapotecas, se presentaron con sus armas y bastimentos listos para la expedición. Algunos de estos pueblos dejaron clara constancia de su participación en la jornada: el Códice Tlatelolco, por ejemplo, nos muestra en su primer folio al sexto gobernante tlatelolca, don Martín Quauhtzin, quien participó en la batalla del Peñol de Nochistlán. Sin embargo, el testimonio más importante de la participación indígena en la represión de la rebelión de Nueva Galicia es, sin duda, la llamada “Relación de don Francisco de Sandoval Acazitli”.

Don Francisco de Sandoval Acazitli asumió el gobierno de Tlalmanalco en 1521, cuando se preparaba la toma de Tenochtitlan. Cortés lo reconoció como señor y, a cambio, don Francisco le ofreció ayuda. Cuando en 1541 el virrey convocó a los naturales a participar en la guerra contra los chichimecas, Acazitli se aprestó a viajar a la capital virreinal para ponerse a las órdenes de Mendoza. A su regreso a Tlalmanalco, convocó a “la gente principal y de la república, como la militar y mandones” a sumarse a las filas del monarca cristiano. Sus propios hijos, Bernardino del Castillo y don Pedro de Alvarado, se sumarían también.

Conocedor de la importancia del testimonio escrito para el mundo legal hispánico, don Francisco de Sandoval Acazitli tuvo el cuidado de dejar constancia de la actuación de él y su gente en la campaña comandada por el virrey. Más aún, el noble chalca llevó consigo su propio escribano: se trató de Gabriel de Castañeda “principal y natural del barrio de Mechoacan Colomochco”, quien recibió orden para que “fuese asentado y escribiendo todos los días lo que fuese sucediendo en esta jornada”.

El manuscrito original, en náhuatl, no se conoce. Sin embargo, la relación fue traducida por el intérprete de la Real Audiencia Pedro Vázquez en 1641. Es esta traducción la que se encuentra en el ramo de Historia del Archivo General de la Nación.

A través de sus veinticinco folios, la Relación de Acazitli nos entrega una detallada narración de los principales sucesos de la campaña, desde su salida de Tlalmanalco, su estancia breve en la Ciudad de México, el largo recorrido hasta llegar a tierra de guerra, y los numerosos enfrentamientos con los indios rebeldes. El “ejército de los naturales” que acompañaban a Mendoza tomó rumbo hacia el Mixtón marchando del modo siguiente: “se puso en medio la artillería, y a una banda del camino iban los tlaxcaltecas, huejotzincas, quauquechultecas, y luego se seguían los mexicanos, y xilotepecas, y luego los aculhuas; y en el otro lado los de Michoacán, Meztitlán y los Chalcos”.

 Como en toda relación de méritos y servicios, la narración se enfoca en mostrar a don Francisco como el más valiente, el más arrojado, el más leal, en suma, el más valioso de todos los hombres que participaron en la jornada. Se nota el esfuerzo por mostrar una cierta cercanía entre Acazitli y el virrey: ambos hombres se tratan no sólo con cortesía sino con cierta familiaridad. Hay espacio también para describir la gala y dignidad con que el señor acudió a la guerra, llevando por divisa y armas “una calavera de plumería con sus penachos verdes, una rodela de lo mismo, y en ella un bezote de oro, retorcido, con su espada, y su ychahuipil, y vestido de un jubón colorado, y sus zaragüelles, zapatos, y borceguí, y un sombrero blanco grande, y un pañuelo grande con que se amarraba la cabeza, y un collar de pedrería con dos cadenas”.

Junto a don Francisco, los chalcas aparecen también como los más fieles y valerosos soldados, que no dudaron en ejecutar penosos trabajos durante la campaña; así, se señala que desde Nochistlán “tomó a su cargo la Provincia de Chalco, de llevar la artillería, tirándola o arrastrándola, con que se les duplicó el trabajo, y también llevaban a sus cuestas las balas de artillería, y demás municiones y adherentes de ella, y la guarda del ganado ovejuno”.

Al tiempo que construye su imagen, don Francisco no pierde oportunidad de dejar en mal a otros aliados indios. Acusa a mexicanos, zapotecas y tlaxcaltecas de querer abandonar el real y volver a la Ciudad de México a mediados de diciembre, por lo que fue necesario ponerles centinelas y guardias para atajarlos. La relación es particularmente dura con los tlaxcaltecas, a quienes se acusa de abandonar al virrey antes de concluir la guerra. Así, se dice que estando en Teccsitlán “allí se despidieron los tlaxcaltecas, y les dijo el visorey enhorabuena, idos que otro tanto hicisteis con el Marqués, que lo desamparasteis, y otro tanto hacéis conmigo en desampararme antes de haberse acabado la guerra, qué nuevas habéis de llevar allá? Basta ya, y de aquí adelante no os alabéis de buenos soldados, no de que habéis ido a conquistas”. A pesar de ello, los tlaxcaltecas abandonarían al virrey un par de días después en Tequila.

Así, este testimonio muestra las desavenencias al interior del ejército indígena, que estaba lejos de conformar una unidad. Aún en medio de la guerra, cada altépetl luchaba por diferenciarse y sobresalir, esperando mayores recompensas al final de la campaña. A pesar de ello, también es claro, a lo largo de la narración, el papel crucial que jugaron todos los contingentes de indios aliados, que aparecen no sólo luchando en los combates y persiguiendo a los enemigos sino abriendo caminos entre las peñas, levantando puentes, construyendo balsas para atravesar los ríos (labor en la que algunos murieron ahogados), cargando la artillería, cuidando el ganado y buscando alimentos.

Algunas escenas de la relación remiten directamente a lo que observamos en otros testimonios elaborados por indios conquistadores. Es el caso de las danzas indígenas durante la guerra, representadas en el Lienzo de Quauhquechollan, que aparecen también aquí, en la celebración de la Navidad, cuando “tuvieron su danza los de Amaquemecan, y al tercer día de Pascua […] danzó don Francisco, y se cantó en el canto chichimeca, y hubo flores y pebetes, comida, bebida de cacao que dio a los Señores, y todas las naciones de diversas provincias danzaron, puestas sus armas, sus rodelas y macanas, todos bailaron sin que de parte ninguna quedase sin bailar”.

Pero quizás lo que más conmueve de este testimonio, es la manera en que relata, sin tapujos, la violencia descarnada que se ejerció en contra de los llamados chichimecas. Hombres a los que se les mutilan las manos, mujeres a las que se cortan los pechos, chozas incendiadas, pueblos enteros arrasados, numerosas personas esclavizadas, por los españoles y por los propios aliados:

Y estuvimos sobre la sierra doce días, y antes del lunes que de allá se había de salir mataron a los chichimecas, a doce de ellos les tiraron con una pieza de artillería que de ellos murieron, llevándoles las cabezas, y a otros por mitad del cuerpo, y a otro en un brazo con la cabeza haciéndose pedazos sus cuerpos, que parecía un remolino, y fueron a caer sus manos y sus carnes sobre la gente, y de ellos se quedó sobre los árboles, y sobre la sierra grande en donde estaban ellos de asiento ahorcaron diecisiete, y a otros diecisiete asaetearon, y a cinco apedrearon, y a otros seis ahorcaron en el puesto donde estaba el viso rey, y encima de la dicha sierra, se cortaron todos los árboles, y se desbarataron y asolaron todas sus cercas.

Como tantos otros, don Francisco de Sandoval Acazitli participó en la Guerra del Mixtón esperando recompensas para él y su gente. Según la relación, los chalcas obtuvieron del virrey la promesa de que “todo lo que quisieredes, yo os lo he de conceder, y he de honrar y favorecer mucho a este pueblo”. Mendoza se mostró “muy bien agradecido a don Francisco, y muy satisfecho de lo bien que lo han hecho los chalcas con el Marqués cuando vino a la conquista y pacificación de este reino, y que le ayudaron a todas las guerras que tuvo el dicho Marqués”, por lo que, finalizada la guerra, le permitió “que vaya muy enhorabuena a su pueblo y casa de Tlalmanalco a descansar”. De tal suerte, la Relación de Acazitli tiene como función preservar en la memoria del pueblo las hazañas militares de los chalcas, pero también recordar a la Corona la promesa de favorecer y honrar a este leal pueblo.

Acazitli obtuvo además el reconocimiento de sus derechos como cacique, entre los que se incluían el derecho de ocupar cargos de gobierno, autorización para portar armas y vestir a la española, así como exención del pago de tributo. Se mantuvo como gobernador de Tlalmanalco hasta su muerte en 1554 y heredó el cacicazgo a sus hijos. Hasta fines del siglo XVII, los descendientes de Acazitli continuaron gozando de privilegios, no sólo la exención tributaria sino que además obtuvieron diversas mercedes de tierras y ocuparon de forma recurrente cargos de gobierno, en Tlalmanalco y en sus pueblos sujetos: Tlaylotlacan, Cuautlalpan, Mihuacan y Ozumba.

La Relación de Acazitli ha sido publicada en dos ocasiones: por Joaquín García Icazbalceta en 1866, y por José María Muriá en 1996. A pesar de ello, hace falta todavía un estudio a profundidad de este valioso testimonio de un indio conquistador. La edición de Icazbalceta puede verse en el siguiente enlace de la Biblioteca Digital Hispánica, imágenes 1103 a 1128: http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000040003&page=1

 

Para saber más

  • Francisco de Sandoval Acacictli, Conquista y pacificación de los indios chichimecas, paleografía y comentario de José María Muriá, Guadalajara, El Colegio de Jalisco, 1996.
  • Joaquín García Icazbalceta, Colección de documentos para la historia de México, tomo segundo, México, Antigua Librería, Portal de Agustinos N. 3, 1866.
  • Tomás Jalpa Flores, La sociedad indígena en la región de Chalco durante los siglos XVI y XVII, México, INAH, 2009.
Para citar: Raquel Güereca Durán, La relación de Francisco de Sandoval Acazitli, o de cómo los chalcas ayudaron a reconquistar la Nueva Galicia, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2356/2356. Visto el 30/11/2021