Fragmento de Huesos de Lagartija

Entonces oí una voz muy fuerte y clara. Era la voz de un mexica que gritaba desde un lugar muy alto, tal vez desde arriba del propio templo.

—¡Guerreros mexicas! Ya van saliendo sus enemigos. Dense prisa a tomar sus barcas de guerra y síganlos por la calzada de Tacuba.

En ese momento mi hermano Cuahuitlícac me sacudió los hombros y me gritó:

—Cuetzpalómitl, despierta. ¿No oíste a nuestro dios?

Abrí los ojos y vi que todo había sido un sueño: los españoles y sus amigos no estaban a mi alrededor. Cuahuitlícac siguió gritando:

—Fue Huitzilopochtli el que habló. Los españoles están huyendo. Tenemos que detenerlos. Es momento de terminar con ellos.

Todos los pequeños sacerdotes se habían despertado. Los guerreros habían venido por nosotros, los jóvenes, para que los acompañáramos al combate. Antes de que pudiera levantarme, mi hermano me dio un lanzadardos y una redecilla llena de dardos de tres picos. Recogió su macana y corrió hacia la puerta, desde donde gritó:

—Ahora todos hemos escuchado a Huitzilopochtli. Nos ha llamado a la guerra. Nuestros enemigos nos tienen miedo, por eso han huido.

Salimos todos a la calle y encontramos guerreros por doquier—¡Van hacia Tacuba! ¡Van hacia Tacuba! —gritaban todos y corrían hacia ese rumbo.Teníamos tanta prisa que nos empujábamos y tropezábamos en la oscuridad. Llovía una llovizna muy fina que apenas se sentía pero que nos empapó a todos.

Sentía miedo, hijos míos. Miedo de ir al combate, de perderme en la noche, de ser herido y caer al agua, donde nadie podría salvarme. Hacía frío y yo me sentía pequeño y débil entre todos los guerreros. No quise voltear a ver las caras de mis compañeros. Seguramente pensaban lo mismo que yo. No me despegué de mi hermano hasta que llegamos al gran canal.

En el agua había tantas barcas que parecía un hormiguero. Los guerreros corrían y saltaban a la barca que les quedaba más cerca. En cuanto una se llenaba, salía a toda prisa hacia la calzada de Tacuba.

Mi hermano reconoció a unos jóvenes remeros y les gritó para que se acercaran.

Había espacio para Cuahuitlícac. Antes de saltar a la barca volteó hacia mí.

—Dame el lanzadardos y toma mi macana. Cuídala mucho. Ve por la calzada con los demás guerreros. Le di el lanzadardos y la barca se alejó sin que pudiera decir nada. La macana era larguísima y pesaba mucho. La puse sobre mi hombro derecho y salí corriendo hacia la calzada. Guerreros y jóvenes avanzábamos entre los edificios. Las mujeres nos veían pasar desde las puertas de sus casas y nos gritaban que matáramos a los enemigos, que vengáramos a sus hijos y a nuestros hermanos que habían muerto en la plaza del templo.

Mientras más corría, más me pesaba la macana. Me golpeaba el hombro a cada paso y me lastimaba. En verdad no sabía cómo habría de usarla si apenas podía con ella. Salimos de la ciudad y empezamos a correr por la calzada, en medio del lago. Todo estaba oscuro, apenas alcanzábamos a ver a los que corrían delante de nosotros. Pero no podíamos detenernos. Nuestro deber era combatir a los extraños, como nos lo había ordenado nuestro dios. El miedo me daba calambres en el estómago.

Finalmente llegamos a donde estaban los españoles. Se habían detenido en uno de los puentes. Aunque no veía nada, podía escuchar gritos y el ruido de las barcas mexicas que se acercaban. Las flechas y los dardos zumbaban sin cesar y llovían sobre los españoles. Algunos de ellos disparaban sus armas y el estruendo era terrible.

Levanté la macana con mis dos manos y me acerqué al ruido. Pude ver varios hombres a caballo que esperaban a los que veníamos por la calzada. Sus lanzas y sus espadas estaban listas para herirnos. Uno de los españoles a caballo era el capitán Tonatiuh. Lo reconocí por su escudo de oro. Se veía en verdad temible con su traje de hierro sobre ese inmenso animal. Derribaba a todos los que se le acercaban y no dejaba de gritar. Recordé cómo había ido a nuestro templo y había golpeado al gran sacerdote. Recordé que él había ordenado la matanza en la plaza del templo.

Sentí tanta ira que me lancé sobre él para golpearlo. Apenas podía sostener la macana. El Tonatiuh me vio acercarme y extendió su espada. Yo venía tan rápido que ya no podía detenerme, ni tampoco bajar los brazos. La espada estaba frente a mí, lista para atravesarme el pecho. Por fortuna, uno de los nuestros golpeó el brazo del Tonatiuh y le arrebató la espada. Se iba a echar para atrás con su caballo cuando llegué a golpearlo. No podía más con la macana y la dejé caer con toda mi fuerza sobre el cuello del animal. El caballo dio un grito muy fuerte y se derrumbó.

El Tonatiuh cayó al piso, pero se levantó inmediatamente, recogió su espada y se alejó. El caballo se quedó echado frente a mí con el cuello cortado. Desde el piso me miró con ojos tristes y luego los cerró. Todo su cuerpo se estremeció por última vez y se quedó quieto.

De pronto sentí un intenso dolor: una flecha me había rozado la pantorrilla. No podía saber si era nuestra o de los enemigos. La herida no era profunda pero me hizo olvidarme del caballo muerto. Después recogí la macana y me lancé de nuevo al ataque.

Los españoles y los tlaxcaltecas huían de nosotros. De vez en cuando, uno de ellos volteaba y nos enfrentaba con su espada, pero salía corriendo en cuanto veía venir a varios guerreros. Una y otra vez golpeé con la macana, pero no alcancé a herir a nadie. Era demasiado grande y pesada para controlarla.

Finalmente llegamos al canal llamado Tolteca Ahí habían sido descubiertos los españoles y ahí los habían atacado los guerreros mexicas desde las barcas. El agua rebosaba de los cadáveres de los españoles y sus amigos. Eran tantos que habían llegado a tapar el canal y habían hecho un puente. Los españoles que venían huyendo pasaban sobre ellos como si fueran piedras. Pero algunos se tropezaban y caían al agua. Entonces se hundían y se ahogaban sin remedio. Apenas alcanzamos a escuchar sus gritos. Después supimos, hijos míos, que los españoles pesaban mucho porque venían cargando todo el oro que nos habían robado, porque se habían llenado las bolsas del metal precioso y no habían pensado que tal vez podrían morir ahogados en la laguna.

Yo no quería pisar los cadáveres, pero los guerreros que venían detrás de mí me empujaron al canal. El agua estaba caliente por la sangre y los cuerpos eran blandos y resbalosos. A la mitad del canal me encontré con un español que se había agachado para recoger un lingote de oro. Levanté la macana para golpearlo, y él se lanzó sobre mí con su espada, pero se resbaló y cayó a mis pies, entre los cuerpos. Desde el agua siguió luchando y me tomó de un pie. Jaló con todas sus fuerzas, pero yo dejé caer la macana sobre su nuca. El golpe fue tan fuerte que la macana se me salió de las manos. El joven alcanzó a jalar más y me derribó sobre una mujer muerta. Cuando logré ponerme de pie, vi que el español estaba ya hundido en el agua y no se movía más.

Ya no pude encontrar la macana entre la sangre y los cuerpos. La busqué durante mucho tiempo hasta que me di por vencido. Entonces decidí tomar la espada del español. Pensé que se la daría a mi hermano, para que viera cómo le había salvado la vida.

Terminé de cruzar el canal y seguí corriendo por la calzada. Los españoles habían llegado hasta tierra firme, pero ahora regresaban a recoger a sus heridos. Empezaba a amanecer.

Huesos de Lagartija (fragmento), México, Ediciones SM, 1998.

Para citar: Federico Navarrete , Fragmento de Huesos de Lagartija, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2130/2130. Visto el 03/10/2022