La huida y la derrota: las narraciones de la Noche Triste

La llamada Noche Triste es uno de los acontecimientos más comentados y polémicos dentro de las narraciones sobre lo que conocemos como Conquista de México, aunque se circunscribe a la ocupación y sitio de Tenochtitlan, de ella se desencadenara un proceso mucho más largo y complejo para el resto de los pueblos prehispánicos. A lo largo de algunos de los relatos que se conservan, ya sean escritos en el siglo XVI o en el XVII, el actuar de los europeos parece casi infalible, pues audazmente pareciera que la administración y sometimiento resultaba en un proyecto de avance mecánico y continuo. Sin embargo, una serie de sucesos los llevaron a una repentina huida de la ciudad de Tenochtitlan, tras una estancia de algunos meses que selló para siempre la caracterización de los personajes involucrados en una narrativa escrituraria que podría pensarse, principalmente, como una “lucha por la gloria y el reino”.

En primer lugar, los corpus documentales se refieren a los múltiples requerimientos que los castellanos demandaban a los indígenas. Ejemplo de ello lo registró el Códice Osuna, que en varias de sus fojas describe la entrega de cal a los españoles, la cual era utilizada en la construcción y remodelación de edificios, y que posiblemente buscaba ser una vinculación dialógica entre ambos grupos interpretada de manera victoriosa por los castellanos. En ese mismo sentido, se puede citar el Contrato de Encomienda entre los Indígenas de Huitzilopochco y el encomendero Bernardino Vázquez de Tapia en el cual se reseña el tributo que se le brindó al conquistador Vázquez de Tapia por su encomienda: servicios personales, maíz, zacate, leña y guajolotes.

Es necesario precisar que los requerimientos que los castellanos les demandaban a los pueblos consistían en una pluralidad de bienes entre los que se incluían algunos que ya habían sido solicitados por el dominio mexica anterior, por ejemplo: el pago de especies, trabajos o servicios personales, objetos de uso doméstico, textiles, animales, e incluso la realización de pinturas y cuadros; baste decir que mediante este sistema se echó a andar el complicado esquema arquitectónico novohispano.

En segundo lugar, las brutales acciones cometidas por Pedro de Alvarado durante la celebración del ritual de Toxcatl en la plaza del Templo Mayor de México-Tenochitlan figuran como un episodio clave en la incorporación narrativa de la guerra abierta entre ambos bandos, que finalmente desembocó en la muerte de los gobernantes mexicas Motecuhzoma e Itzcuauhtzin, causando un serio problema de legitimidad en la estancia de Hernán Cortés y sus tropas en la Cuenca de México.

            Según los manuscritos, tras la matanza en el Templo Mayor, la población tenochca se organizó en torno al repudio contra los españoles, quienes se encontraban sitiados dentro del recinto donde habían sido hospedados desde su llegada a la ciudad. En dicho lugar, dejaron de llevar los alimentos, y el agua comenzó a escasear mientras los mexicas atacaban intermitentemente desde el exterior. El cronista Bernal Díaz del Castillo mencionó en su obra Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, que ante el difícil contexto que ahí acontecía, pudo ver sus “muertes a los ojos”; e incluso Bernardino Vázquez de Tapia aseguró que los mexicas no pararían hasta matarlos a todos, aún a costa de sus propias vidas.

            Consciente de estas terribles y fatales circunstancias, carentes de armas y comida, Hernán Cortés y sus soldados decidieron construir con algunos maderos unos puentes levadizos, ya que los mexicas habían destruido ciertas partes de las calzadas que comunicaban la isla con tierra firme. Es así como, en una noche lluviosa y cobijados por la oscuridad de las calzadas, decidieron emprender su huida.

            Hernán Cortés describió en su Segunda Carta de Relación que aquella noche dejaron fogones encendidos al interior de las Casas de Axayacatl, espacio donde se refugiaban, para confundir a los tenochcas. El contingente era guiado por un tlaxcalteca, y el capitán español ordenó traer consigo a uno de los hijos de Motecuhzoma, a dos hijas del tlatoani y al gobernante tetzcocano Cacamatzin.

            El grupo de conquistadores había logrado avanzar varios metros sin ser escuchado, no obstante, según relata fray Bernardino de Sahagún en su Historia general, una mujer indígena que salió a tomar agua se percató de la huida de los españoles y alertó rápidamente a los residentes de Tenochtitlan. Curiosamente, el cronista indígena tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo describe una versión diferente: fue una mujer comerciante que se encontraba vendiendo comida la que dio la alerta.  Por su parte, fray Francisco de Aguilar, quien fue uno de los protagonistas de este escape, registró que fue un hombre el que los observó marcharse y, desde su techo, alertó sobre la salida.

            Una vez descubiertos, los españoles apresuraron el paso sobre los puentes levadizos, lo que ocasionó que hombres, mujeres, animales y una gran parte del botín de oro que llevaban consigo, cayeran al agua y se perdieran sin posibilidad de recuperarles, ante lo caótico del ataque y la confusión de la noche. En la urgente necesidad de huir, las tropas pisaban los cadáveres de sus aliados caídos para apresurar el paso sobre el agua.

Según Díaz del Castillo, las escopetas y las ballestas quedaron tiradas por todo el camino, dejando a la avanzada desprotegida y con pocos recursos de defensa; incluso  llegaron al punto de entablar los combates cuerpo a cuerpo con algunos cuchillos que traían en mano. Hernán Cortés, junto con Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid, llegaron primero a Petlacalco, dejando atrás a Pedro de Alvarado a quien se le ordenó recuperar lo más posible del tesoro perdido, y prácticamente quedando a la retaguardia del grueso del grupo que buscaba sobrevivir y alejarse de la población que perseguía acabar con sus vidas. 

Curiosamente, existen otras interesantes referencias de los eventos ocurridos esa Noche de junio de 1520. En los Anales de Tlatelolco, se describió la retirada de las tropas conquistadoras castellanas de Tenochtitlan y uno de los sitios en los que transcurre la batalla es en el antiguo barrio tenochca de Cuepopan-Tlaquechiuhca. Al respecto, existen dos láminas, denominadas ambas como “prisión de Cortés”, una de ellas en la obra de Diego Muñoz Camargo -Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala- y la otra localizada en el Lienzo de Tlaxcala, que representan la difícil situación que atravesaron los españoles, así como la coincidencia en localizar la batalla entre los conquistadores y los tenochcas-tlatelocas en el pequeño barrio menor de Copolco, un momento que quedaría registrado en esas memorias pictóricas como el punto de quiebre que quizá pudo haber cambiado el rumbo de los acontecimientos que estaban por venir.

Ante los ataques continuos, el agrupamiento en retirada se alejó hasta Popotla. Casi al amanecer, arribaron a Tliliuhcan, poblado muy cercano de Tlacopan, centro en el que finalmente se reincorporó Alvarado que, según Bernal, reportó la muerte de Juan Velázquez de León (llegado con las tropas de Pánfilo de Narváez). Incluso Aguilar registró en su narración la pérdida de la mitad del ejército conquistador. 

            Bernardino Vázquez de Tapia mencionó que durante la batalla murieron los tres hijos de Motecuhzoma que Cortés había tomado como prisioneros, dejando al capitán sin un botín político con el que creía que podía amenazar a los grupos gobernantes locales. Además, debió abandonar la Cuenca con la pérdida de muchas de las riquezas que traía consigo, sin posibilidad alguna de recuperarlas, hecho que debilitaba seriamente los ánimos de combatir de su tropa, pues entre conseguir “la gloria para el reino” y la codicia propia de cada conquistador, había una línea muy delgada. En la crónica del franciscano Bernardino de Sahagún se narró que quienes murieron durante este escape fueron Tlaltecatzin y Tepanécatl Tecuhtli, dos indígenas principales que guiaban a los españoles durante su huida.

Ya reunidos en Tlacopan, Cortés decidió emprender su camino fuera de la cuenca y particularmente hacía el mayor asentamiento de sus aliados: el punto hacia el oriente se fijó en Tlaxcala, un espacio desde el cual podría reorganizar sus alianzas con otros gobernantes indígenas, repensar su equipamiento militar y con ello sostener un sitio prolongado que ocasionaría la destrucción final de la ciudad mexica: una lluvia de fuegos sobre los lagos que zanjaría profundamente la historia de la humanidad misma. 

Para leer más:

  • Battcock, Clementina, “Resistir, erguido frente al tiempo: el barrio de Cuepopan-Tlaquechiuhca y su relevancia en la historiografía de México-Tenochtitlan” en, Entre caníbales. Revista de literatura, año 3, n° 10, junio 2019, Lima, ISSN 2520-0798 http://entrecanibales.net/junio-20…/editorial-junio2019.html
  • Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, introducción y notas de Joaquín Ramírez Cabañas, México, Editorial Porrúa, 2019, 701.
  • Pastrana Flores, Miguel, Historias de la Conquista. Aspectos de la historiografía de tradición náhuatl, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2009, 208 p.
  • Turner, Guillermo, Los Soldados de la Conquista: Herencias Culturales, México, Ediciones El Tucán de Virginia, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2013, 242 p.
Para citar: Clementina Battcock, La huida y la derrota: las narraciones de la Noche Triste, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2128/2116. Visto el 22/04/2024